jueves, 22 de febrero de 2018

Sicaresca


Muerte de J.J.John
 Capítulo tomado de la novela Isolina (EAFIT, 2003)
16
El juez no le prestó atención a la manera displicente como se alejó Isolina, invitó a Sigifredo a tomarse un café y mientras lo sorbían, hablando mal de los poetas de la ciudad, el juez hizo una llamada. El fin de semana siguiente, J.J.John se reunió con sus amigos en el atrio de la iglesia del barrio Ferrini Kennedy. Era viernes y los muchachos tenían una gruesa cantidad de dinero. Así que toda la tarde estuvieron tomando cerveza fría y escuchando música en una radio grabadora amarilla que uno de los jóvenes, al que le decían Kalimán, cargaba en el hombro cuando se movilizaban por las empinadas calles. Al anochecer se separaron: todos fueron a sus respectivas casas. J.J.John había pedido prestados algunos billetes. Se bañó, comió algo, le dio dinero a Isolina y volvió a reunirse con los jóvenes. A las ocho de la noche, los seis abordaron las tres motos y se dirigieron a San Diego. Se estacionaron enfrente de un club triangular que servía de bifurcación para dos calles que iban a morir en la Treinta, la calle donde estuvo durante mucho tiempo el monumento al primer tren que llegó a la ciudad y que, para conocerlo, el abuelo Seferino había realizado un viaje de tres días a pie. A la entrada del club les solicitaron una requisa, pero Kalimán sacó algunos billetes y los seis jóvenes subieron las estrechas escaleras, se ubicaron en una mesa cercana a la pasarela. Pidieron aguardiente y brindaron. A cada trago brindaban por algo. Brindaban sin decir por qué. Un hombre, encerrado en una cabina desde la que ponía la música, anunciaba por el elevador de sonido a Karem: “La despampanante rubia que hace mear de placer a los murciélagos”. Después de cada canción la anunciaba: “La mujer que hace caminar a los tullidos detrás del imán de sus extraordinarias tetas”. De repente, los muchachos empezaron a gritar que la soltaran para que les hiciera parar aquellos tulliditos. En la mesa más cercana por el lado izquierdo, estaban sentados tres hombres silenciosos que bebían cerveza. Estaban vestidos con ropa limpia, pero en los aleros de las uñas tenían residuos de grasa seca. Eran hombres que trabajaban en los talleres de mecánica de la BMW y de la VW. Las otras mesas se irían ocupando lentamente y no había amainado en su totalidad la rechifla de los muchachos cuando ingresaron al salón cuatro hombres y una mujer. Eran los escritores antioqueños Alejandro García Gómez, Everardo Rendón y el juez promiscuo Andrés Nanclares que de noche dejaba de serlo para convertirse en escritor. Venían acompañados del poeta y pintor cubano José Pérez Olivares que nunca en su vida había tenido la oportunidad de entrar a un club de strip tease. Alejandro García, el hospitalario, puso al servicio su viejo Suzuki que se había ganado en una rifa escolar, para llevarlos a cumplir el sueño del poeta cubano. La mujer era la poetisa chilena Alexa Ibarra.
Karem salió detrás de una cortina. Los muchachos empezaron a aplaudir. La música era lenta y la muchacha tenía unos labios carnosos y una mirada entre infantil asustada y sensual desafiante. Sus movimientos eran pesados y exagerados pero con seguridad harían parar a un tullido. Se acariciaba los pechos con un automatismo de mala actriz. Se acercó a un tubo cromado en una esquina de la pasarela y lo abrazó con sus piernas contundentes. Después se descolgó por el tubo. Kalimán hizo con la boca el sonido de una plancha de asar carne a la que le arrojan agua. Los seis amigos no dejaban de bromear. El juez promiscuo, que de noche era el poeta promiscuo, pasaba su mirada bonachona por encima de las gafas y paneaba de la mujer a los jóvenes y por un momento se detuvo a mirar a J.J.John. Andrés Nanclares, ante los ojos del muchacho, sintió una falta de energía, una especie de falta de ánima. No supo explicárselo, pero se lo atribuyó a su cara de niño jugando a ser grande. Terminó la canción y Karem fue hasta un extremo de la pasarela. Un instante antes de que sonara nuevamente la música, Karem empezó a agitar su cuerpo con un movimiento de caderas capaz de crear olas de tres metros. Se quitó de un zarpazo la blusa y dejó que la faldilla transparente cayera por su propio peso. Tenía puesto un micrófono de diadema y hacía el ademán de cantar en inglés. Sus labios eran de un rojo desgarrador y el oleaje de la canción llevaba una de sus manos a la boca y le untaba brillo a sus labios con un lápiz retráctil cabeza de pene. Su lengua era perturbadora. La mujer se terminó de desnudar con una cadencia de desmontar todos los odios del mundo. El poeta José Pérez Olivares abría cada vez más la boca. Everardo Rendón Colorado permanecía impávido, con la serenidad del hombre que sabe que no puede darle un sobresalto más a su corazón. Los mecánicos parecían clientes habituales que por alguna vieja discusión de propina o de negocio directo, no le hacían mucha fiesta a la desnudez de Karem. J.J.John tomó la decisión de llevársela al tercer piso una vez terminara su intervención. Kalimán, que parecía haber perdido el entusiasmo, le hizo señas con la cabeza a uno de los muchachos y le dijo al resto que ya volvían, que tenían que hacer una vuelta. Su voz era gangosa y arrastrada. Kalimán dijo que no se movieran del lugar, que tomaran lo que quisieran, que había que celebrar. Era un muchacho de unos veinte años que había matado a su padre. Una tarde lo esperó en un semáforo, cerca al Hospital Pablo Tobón. Sabía que el padre estaba desempleado. Era un hombre de cuarenta años que se pasaba las tardes viajando en los microbuses. Sus amigos lo llevaban en la banca del pato y el padre de Kalimán cobraba a los pasajeros. De vez en cuando le entregaban un microbús para que hiciera un reemplazo mientras el chofer titular descansaba. El hombre era lo que en el gremio llaman un Caimán. Estaba oscureciendo. La buseta en la que venía se detuvo en el semáforo. Kalimán salió de algún lado, se acercó a la ventanilla del lado derecho y se quedó mirando a su padre a los ojos. La cara de Kalimán estaba desarticulada por la impaciencia y por los estragos de la droga. Cuando el padre lo vio, murmuró algo que el chofer no entendió porque tal vez estaba hablando para él mismo. El muchacho se remojó los labios con la lengua y le dijo: “Cuándo va a bajar a ver a la niña”. El padre pareció tomar un nuevo aire y contestó con una voz conciliadora: “El sábado... el sábado bajo”. Kalimán no parecía escucharlo, tenía la mirada perdida en un odio antiguo, en una rabia sostenida, en una tristeza desesperanzada. “¿Sabe qué?... Baje a ver a la niña”.
El padre, apresurado por salir de la situación, le dijo:
—Mejor dicho, mañana... mañana bajo... mañana hablamos.
Kalimán se quedó mirándolo desde el fondo de sus cuencas, como si no hubiera oído nada. El semáforo no había cambiado a verde. Entonces el joven empezó a alejarse de la ventanilla pero se detuvo enfrente del microbús. Desde allí le hizo una mueca al chofer, arrugando la boca y llevándose la mano derecha como un machete hacia su nuca. Dio tres golpecitos con el filo de la mano en su cuello y señaló con los labios en pico a su padre, como diciéndole al chofer: “El cucho es una gonorrea, está paila”. Pero luego, a través del vidrio del microbús, le dijo a su padre con los ojos extraviados: “Baje a ver la niña”. Dio media vuelta y salió corriendo, cruzó la calle y se metió por un callejón. En otra ocasión se volvieron a encontrar en un semáforo, pero esa vez, Kalimán, no iba a hablar con su padre.
Karem recogió con su zapatilla las prendas negras que había arrojado al piso. Primero la superior y después la tanga y las colgó de una percha. En la densidad de la penumbra de neón relumbraba su sexo al que le habían labrado un diminuto corazón con los vellos púbicos; muy cerca, un tatuaje de un escorpión custodiando con sus pinzas la entrada del labyrinthos. Caminó con pasos diminutos por la pasarela como si sintiera temor de que se le fuera a caer el diamante de rayar sensateces que aprisionaba entre los labios. De pronto se detuvo enfrente de la poetisa chilena, Alexa Ibarra. Lentamente, empezó a abrir los contundentes muslos como dos piezas mecánicas y a bajar las nalgas con un balanceo de grúa de demoler edificios. Cuando sus nalgas estuvieron en la parte más baja, cerca de la plataforma, pasó sus dos manos por la cara interna de los muslos y al llegar al origen de todas las desgracias, abrió con dos dedos aquél tenebroso espejo de Alicia. A la poetisa chilena, Alexa Ibarra se le hizo agua la boca y un hilo espeso se le desbordó por la comisura; a José Pérez Olivares, el pintor cubano, se le desprendió un diente y el poeta antioqueño Alejandro García Gómez tuvo que correr al baño a dar un berrido de hombre pateado por una mula; el poeta promiscuo, Andrés Nanclares, rompió los lentes entre sus manos; Everardo Rendón Colorado, que nunca había sentido amor verdadero desde que tenía ocho años y se había enamorado de la Señorita Gilma, soltó una lágrima y un suspiro capaz de despertar al Mar Muerto ya que su corazón debía ser agua de manantial.
En algún lugar, no muy lejano de allí, un golpe sordo de policía ocupó el suelo de la noche. Quince minutos más tarde, regresó Kalimán con su amigo, cancelaron la cuenta y se fueron los seis. De allí salieron, rugiéndole con sus motos a la autopista del sur. Tomaron la avenida de El Poblado, bajaron a la derecha por la calle Diez y en Guayabal se metieron por un callejón. Entraron a un segundo piso de balcón estrecho, a un costado de la fábrica de jabón Inextra. En la parte de atrás de la casa ocuparon una mesa que pronto se llenó de mujeres. Un poco más tarde, J.J.John se fue con una de ellas a la cama. Besó a Karem, mordió los senos de Karem, echó un polvo de gallo entre las contundentes piernas de Karem. Luego se quedó dormido durante cinco minutos.  En una secuencia cinematográfica sintió un viento frío. Era una noche muy oscura. J.J.John cogió a dos niños sin género, los puso contra un paredón, cerca de un barranco y les disparó a la cabeza. Los niños murieron sin desplomarse, sin rodar por el abismo. Luego cogió los cuerpos y los introdujo en dos grandes maletas negras y se las llevó sin arrastrarlas, sin que le causaran ningúna dificultad. La escena se repitió: dos niños más y luego otros dos. Antes de despertar vio a un hombre que se le acercaba. A pesar de que J.J.John corría a la máxima velocidad que le daban sus piernas, el hombre que caminaba naturalmente se le aproximaba cada vez más. J.J.John no podía alejar aquella mirada tranquila, bonachona, pero implacable. Cada vez estaba más cerca y cuando estuvo demasiado cerca como para que el muchacho le viera el rostro inflado, redondo y rojizo, le dijo:
—¿Es necesario que estés de nuevo en las calles?
J.J.John no recordaría el sueño, porque, en realidad, quien a esa hora estaba soñando,  era la tía Isolina que despertó sobresaltada. El muchacho se levantó sin abrir los ojos para no dejar de ver a Karem y salió a tientas del cuarto. La mujer se paró de la cama y se dirigió a la palangana y orinó en ella. Luego se vistió y salió del cuarto pero no se encaminó a la mesa de los seis muchachos. Estuvieron en la casa de Resfa hasta las siete de la mañana.
Ese mismo sábado, Sigifredo iba caminando por la avenida Primero de Mayo cuando vio las motos estacionadas enfrente de una cafetería que servía de punto de encuentro a los raponeros del sector del Museo de Antioquia y de las Empresas Públicas. Vio a seis hombres bailando en el reducido espacio. Sus movimientos eran pesados y sus miradas estaban perdidas, inyectadas de sangre. Sigifredo vio los ojos desafiantes de Kalimán y bajó los suyos a la acera como quien busca una moneda; después los jaló hacia la derecha como quien no quiere pisar una corteza podrida y, finalmente, los levantó como quien tiene enfrente el camino de la salvación; por eso no observó a los otros. Por eso no vio a J.J.John. J.J.John reconoció a Sigifredo y sin dejar de bailar se le acercó a Kalimán y le dijo: “Ese que va allá es primo mío, es un picado, pero le debo una, ese fue el que me sacó de la cana”. Kalimán no lo vio entre los otros transeúntes. No lo había visto en ningún momento. Toda la gente para él, en ese estado, eran bultos de colores rielantes por el sol ardiente de la mañana. Aún así dijo: “Seguro, parcero, ¿se la pagamos bien o le abonamos a los gusanos?”. J.J.John soltó una risa gangosa, infantil y le dijo: “No sea torcido, parcero, hay que darle las lucas”. Dos horas más tarde, cerca del mediodía, las tres motos salieron disparadas, zigzagueando entre los autos. Los hombres de la parte de atrás de las motos miraban con ojos hundidos, busca pleitos, a los choferes de los carros. Ninguno de los tres se sostenía ni del compañero ni del vehículo. Los tres tenían una posición encorvada y permanecían con las manos dentro de los bolsillos de las chaquetas de cuero. Las motos bajaron a toda velocidad hasta la glorieta de la plaza Minorista. Se dirigieron a la calle del cerro El Volador, subieron hasta la carrera Ochenta, giraron hacia la derecha y se perdieron en la distancia, calle arriba. A J.J.John lo dejaron en la esquina de la iglesia, diagonal a su casa. Pero el muchacho no se dirigió directamente a casa sino que ingresó al granero de la esquina. Pidió una cerveza y cruzó unas palabras con el tendero. Sorbió y pensó que era la mejor cerveza que se tomaba desde el día anterior a esa misma hora. Se sentía borracho y el tiempo parecía haberse detenido. J.J.John deseaba que todo permaneciera como estaba, que no transcurrieran los minutos, que no avanzara la vida. Veía a la gente levitando a su alrededor. Las muchachas olían a lo que huele la tranquilidad, al amor. Así olía Karem. Se sentía amado por Karem que en ese momento representaba a todas las mujeres del mundo. Karem era una joven de diecisiete años que estudiaba su bachillerato en un colegio particular y todo el dinero  que gastaba lo conseguía paseando por los clubes nocturnos de la ciudad: ropa fina, alcohol, pepas, vida buena, decía ella. Esa sería su vida, decía, hasta cuando tuviera esas tetas paradas y se las estrujaba y les daba piquitos en los pezones. No volvería a creer en los hombres desde que Camándula, un cascón del combo del Zarco, la enamoró, le dio vida de reina, le regaló moto y como a los cinco meses mandó a sus amigos a que se la robaran para conquistar otra hembra con ese fierrito. Camándula no la volvió a llamar y Karem se metió a los clubes para verle la cara cuando la encontrara bailando desnuda; nunca se volverían a ver porque por esos días, a Camándula lo montaron en un carro y al día siguiente lo encontraron torturado en la Cola del Zorro. J.J.John sacaría a Karem de los clubes y la pondría a vivir bien. A ella o a otra así de linda, pensaba el joven. Pero qué va, qué se iba a amarrar a una mujer, seguía pensando J.J.John, las otras también tenían derecho a disfrutarlo a él y hoy todas lo estaban viendo bonito y querían acostarse con él porque les había hecho mucha falta. Algunas habían llorado por su ausencia. Se tomaría otra cerveza, le sabría igual de sabrosa y este estado no pasaría jamás: quería vivir en esa gloria por el resto de su vida y su madre tendría la felicidad que se merecía, se olvidaría de Barrier que era mejor que no apareciera porque le iba a pasar lo mismo que al papá de Kalimán. Ahora se dirigiría a su casa y mandaría a comprar un pollo y una caja de cervezas, después vendrían a almorzar sus amigos y aunque los ojos le pesaban no iba a desperdiciar esa sensación maravillosa durmiendo, ya vendría el tiempo de dormir lo suficiente. Un buen baño y el caldo... Las nenas recién bañadas y él diciéndoles: mamita esos botones no son de esa camisa, el perfume de sus cabellos... Karem asfixiándolo entre sus muslos, la tarde espléndida del sábado, rumba corrida.
En su cabeza había una cordura sorda, obnubilada. El estado ideal, así quería que fuera por siempre su vida. Iba a tomarse otra cerveza fría. Sintió el ruido, el estallido. Luego otro. El instante espléndido adquirió una sordera más pesada. Sintió cómo se le movía la tarde, cómo se le cambiaban los espacios. Iba... tenía que comprar un pollo para su madre, para que hiciera un sancocho e invitara a sus amigos. Se sentía amado. Estaba ahí, de nuevo para darle a su madre Isolina todo el gusto del mundo para que no se consumiera más esperando. La tarde empezó a amarillear y las cosas parecían estar en el lugar equivocado. Pensó que no debía haberse tomado esa otra cerveza. Ahora no podía con el cuerpo flemático; sólo sentía un sofoco y la tarde era mostaza, opaca, no gris ni triste, era de un color mostaza denso y le faltaba la respiración como si de repente le hubieran vaciado un camión de arena sobre la cara. Se quería mover, quería respirar, tenía que ir por el pollo para el caldo. La farra iba a ser hasta el domingo. Isolina sabía que había que celebrar. Entonces vio el rostro del juez, vio las maletas del sueño de Isolina que se abrían y salían los niños fusilados. Salían de un brinco, impulsados por un mecanismo de caja de sorpresas y se le aferraban al cuello y oprimían y no lo dejaban respirar. Eran unas pinzas aprisionando el cuello. J.J.John trataba de zafarse de ellos. Era inútil, eran unos artefactos pesados como un camión.
Los hombres habían llegado en una Toyota cuatro puertas sin placas. Dos de ellos se bajaron de la parte trasera y le dispararon a la cabeza. Cuando J.J.John cayó al suelo, los hombres se subieron al campero. Le dieron marcha adelante y se detuvieron en seco. Luego le dieron marcha atrás. Las llantas del auto pasaron por encima de la cabeza del muchacho. Primero hacia atrás, después hacia adelante, como una aplanadora y por último, el carro salió cuesta abajo, sin ninguna prisa, atentos los hombres en su interior.

viernes, 9 de junio de 2017

Turbo, el viejo puerto entre el miedo y la nostalgia



Por: César Herrera

En una mesa cercana al refrigerador, en la panadería Miel y Café de la Calle 33 de Medellín,  hay un gran pocillo que sirve de florero. Ahora le han puesto tres rosas amarillas como las que exigía en su mesa de trabajo García Márquez. El azúcar rompe la nata de la leche de mi café. Antes de llegar a la estación Exposiciones, en el metro, leí que Rulfo se desanimaba y se deprimía con frecuencia; se definía como «un pobre diablo». Creo que no debió dejar de escribir. Un escritor se sostiene por la idea de que tendrá algo qué decir y por la esperanza de que  alguien lo leerá. Un escritor pertenece a la expectativa, a la ilusión.
Leo la palabra Castilla en el empaque de azúcar. Esto me lleva a Turbo, a un hotel con aquel nombre legendario.
Conocí a mi padre cuando yo tenía cinco años. Era medianoche. Él se arrodilló sobre el piso, puso sus manos a lado y lado de mi cuerpo, apoyadas en el colchón que mi madre sacaba de la única cama donde dormía ella con tres niñas atravesadas. Mi padre flexionó los brazos, descendió y me besó. Era un hombre joven y tenía una barba espesa de apóstol. Su piel estaba tostada por el aire de salitre del Caribe. Venía de Turbo. Había estado en la cárcel. Toda la vida deseé, desde entonces, conocer Turbo, ese puerto polvoriento que mi padre me mostró por un pequeño telescopio de diapositivas de pasta azul en cuyo interior se veía a un hombre de zapatos astrosos, recostado contra un viejo campero ruso.
Fui aplazando el viaje: por falta de tiempo, por falta de plata, por falta de compañía; aquel pueblo en el Golfo de Urabá, se fue diluyendo en mi memoria hasta el punto de que solo quedó como un nombre en una región a la que durante mucho tiempo no se podía ir a causa de la violencia y de los espantos que hacían desbarrancar los carros en el sector de La Llorona.
Ahora que los años han borrado el dolor inexplicable de mi niñez, el nudo en el pecho de mi adolescencia y que me dejan caminar por el mundo sin esa idea de que estoy consumiendo algo que no merezco, he visitado, por fin, Turbo. En un morral de estudiante empaqué algo de ropa, invité a mi hijo de catorce años y lo llevé para que conociera la carretera al mar. No podíamos esperar a que construyeran los puentes y los túneles que dejarán El Golfo a solo cuatro horas de Medellín porque se perdería la magia espeluznante de los cuentos de mi padre. Yo «recordaba» una carretera destapada, oscura, cerrada, marcada por la tragedia y la muerte; abismos a donde caían los camiones y no «salían ni en la prensa» y solo aparecían las almas en las noches sin luna en las curvas por donde se  habían rodado.
El viaje duró siete horas en una camioneta Renault de Sotraurabá que por momentos alcanzó los ciento treinta kilómetros. En el tiempo de mi padre eran más de doce horas, cuando la trocha no estaba obstruida por los derrumbes o por los accidentes. En los años de los secuestros y las masacres la cerraban por algunos días mientras el ejército retomaba el control.
Hoy en día Turbo es el municipio más grande de Antioquia y la carretera es una autopista moderna que no infunde ningún temor, aunque, para corroborar el peligro de La Llorona, alto entre Dabeiba y Mutatá, el sábado 8 de octubre un camión del ejército cayó por un abismo de 300 metros hasta el río; era cerca de la medianoche.  El martes 11, día en que nos encontrábamos en Turbo, no habían podido ubicar el cuerpo del soldado José Lázaro Hidalgo que iba conduciendo y todavía no hallaban la manera de sacar el camión.
La tarde en que llegamos decidimos ir al mar. Mi primer deseo fue conocer el muelle de embarque. De modo que almorzamos y caminamos por una calle cercana al hotel Castilla de Oro. Pregunté por la ruta hacia el mar y una mujer, vendedora en un almacén de variedades, nos señaló hacia el oriente y nos aclaró que era mejor ir en taxi porque estaba lejos. Yo le dije que había visto en el mapa que el muelle quedaba cerca, a tres o cuatro cuadras del Hotel. Entonces supo a qué me refería y me advirtió que el sitio era muy peligroso, que hasta allí no podíamos llegar a pie porque nos atracarían; que en ese sector no respetaban ni a la gente local. Entonces decidimos dirigirnos, por el momento, a la playa. El sol estaba licuado. Empezamos a caminar por La 14. Más adelante le pregunté a otra persona y me dijo que era mejor que fuera en taxi, que estaba lejos y era peligroso. Traté de tranquilizar a mi hijo diciéndole que la única manera de conocer una ciudad es caminando, padeciendo su temperatura, oliendo sus engranajes. Él estaba calado en sudor. Nos devolvimos una cuadra y abordé a una señora. Me señaló la dirección hacia el mar. La perseguí por dos o tres cuadras mientras conversábamos. Cuando volteamos a la derecha supe que era mejor continuar con ella. Habíamos entrado en un callejón. Un sudor frío me subió al cogote. A menos de treinta metros había un revuelo de motos, de hombres bebiendo y consumiendo drogas. Me acerqué más a la señora, pero justo antes de entrar en el territorio de la pandilla, ella se despidió porque allí se desviaría. Nos dijo que siguiéramos derecho hasta donde acababa la calle y volteáramos a la izquierda; entonces veríamos el mar. Supe que estábamos en una ratonera, pero decidí continuar, aparentando tranquilidad para no asustar a mi hijo. Llamaríamos más la atención si nos devolvíamos. Pasamos en medio del combo, sin espabilar, viendo de reojo. Observé que había un bar con unos ropajes negros que impedían la intrusión de los fisgones. La música champeta era estridente, se sentían los rugidos de las motos que se movían en círculos y en el aire había humo e intrepidez. Cuando salimos del ojo de ese torbellino tenía la certeza de que en cualquier momento nos llegarían algunos motorizados y nos abordarían; más tarde me convencí de que mi hijo y yo fuimos invisibles en esa travesía.

Playa en temporada baja

Luego enrumbamos por una calle desecha, llena de basuras y de lodo. A medida que nos fuimos acercando al mar descubrimos que todas las calles eran andurriales y que las casitas eran sombrías y destartaladas. La playa estaba sucia de residuos de palmeras abatidas por las tormentas,  troncos de árboles pequeños y vasos desechables. Era lunes y empezaba a oscurecer. Por primera vez me sentí  arrepentido de haber llevado a mi hijo a ese lugar. Me angustió la idea de quedarnos varados allí; pero ocurrió un milagro amarillo, apareció un taxi que en menos de cinco minutos nos puso en el hotel.
Al día siguiente, después del desayuno, nos dirigimos al muelle el Waffe que era el sitio por el que yo había decidido ir a aquella ciudad. Es un muelle de embarque y desembarque de pequeñas naves de pasajeros y de mercancías que llegan desde Panamá y de bártulos destartalados que llevan los campesinos para sus chozas ribereñas o para los palafitos selva adentro. Desde este muelle se comunica todo el Golfo de Urabá. Allí confluye el mercado de los pueblos cercanos de Antioquia y del Chocó. Cuando Turbo no contaba con comunicación para el interior del país y solo había manera de viajar por mar hasta Cartagena, se construyó a músculo negro este muelle que se mete hasta el centro de la ciudad. Es un lugar hermoso, pintoresco, lleno de naves medianas carcomidas por el tiempo, cargadas de ilusiones que van para los recodos más abandonados de nuestro país. Sin embargo, la desidia gubernamental ha convertido el riachuelo que desemboca en el Waffe en una cloaca y en un vertedero de basura sempiterna.

Riachuelo que vierte aguas negras en el Waffe

Caminamos unas cinco cuadras con dirección al Golfo. Me detuve a tomar unas fotografías. No sé por dónde apareció un muchacho que se me acercó misteriosamente y me dijo entre dientes;  «Ey, váyase que por aquí roban». Otra vez se me secó el guargüero. Empecé a caminar con mi hijo por la mitad de la calle, imaginando que los hombres que aparecían en las esquinas venían por la cámara, por la plata, por los tenis. Le dije a Jorge Luis que estuviera tranquilo, que si nos asaltaban entregáramos todo. Logramos llegar al parque del Barco: tomé otras fotografías y regresamos caminando al hotel.

Basuras en el Waffe

Almorzamos y convencí al muchacho de que volviéramos a la playa. Pedimos un taxi. La playa estaba muy sola, pero el mar se veía sabroso. No hacía mucho sol. Una hora después decidimos regresar. El viejo se metió por la calle por donde habíamos caminado la tarde anterior; dijo que ese barrio se llamaba Las Flores, que por ahí no se podía ir a pie. Jorge Luis y yo nos miramos; me pareció verle un reproche: «En estos barrios hay unas pandillas de macheteros… No se puede caminar por algunos sectores…». Iba contando el taxista. Le pregunté si para la playa no había una salida más directa desde el centro y me contestó que por el muelle El Waffe habían construido un puente peatonal muy bonito y muy largo, con fines turísticos, pero que los macheteros se habían apoderado de esa zona y no dejaban pasar a nadie. Le pregunté qué hacía la policía y me dijo que cuando iban los sacaban a las pedradas. «Esta ciudad se llenó de muchachos en los barrios que no quieren trabajar ni estudiar. El negro de por aquí se le mide a todo. Lo contrata un mafioso y se va, hace un trabajo y cuando vuelve se dedica a beber y hasta que no gasta la plata, no para». El viejo, con acento de bolerista, me miró por el espejo y disminuyó la velocidad como queriendo alargar la conversación. «Uno hizo un trabajo una vez y volvió con cien millones de pesos: compró un taxi y una moto y se dedicó a beber. A los días no tenía nada de eso»… «Esos negros beben whisky de 150 mil pesos y así no les rinde la plata. Se creen patrones, hablan duro»… «Esas pandillas ni son dañinas, no extorsionan, no matan, aunque se dan machete entre ellos y algunos hasta tienen armas de fuego… Defienden su zona. Cuando les mandan la policía los sacan a pedradas».

Un callejón al que no pueden llegar los turistas en el Waffe 

Esa tarde fuimos directo al hotel y al día siguiente, muy temprano, nos embarcamos para Medellín; «esas pandillas ni son dañinas», había dicho el taxista; pero leyendo dos periódicos de Urabá encontré los siguientes titulares: «Fin de semana violento en Carepa», entre el sábado y el lunes asesinaron a dos hombres; «En Chigorodó se tomarán medidas ante violencia juvenil», «Pandillas. Muerte de un adolescente y constantes enfrentamientos tienen preocupadas a las autoridades»; «Asesinaron al taxista más veterano de Apartadó»; «Le quitaron la vida a turbeño de 16 años».

Vale la pena recuperar la seguridad del sector por su atractivo turístico

Turbo es una ciudad grande dentro de un municipio inmenso. Está llena de riqueza hídrica y agropecuaria; cuenta con importantes sitios turísticos como el Parque Nacional los Katíos y Las bocas del Atrato, Simona del Mar y las Playas de la Martina. Yo solo quería ir al centro de la ciudad en que vivía mi padre antes de conocerlo; pero me encontré con una realidad a la que las autoridades le tienen que poner atención. Pronto tendremos en Turbo, Puerto Antioquia, el puerto marítimo más importante del país por su cercanía con el Canal de Panamá. En tres o cuatro años Turbo estará ubicado a 4 horas de Medellín y a 9 horas de Bogotá cuando terminen las autopistas de cuarta generación. Es el momento de ir pensando en la infraestructura turística de la ciudad; pero, lo más importante, es pensar en todos esos jóvenes que serán los encargados de recibir a los visitantes. Espero que no los reciban a machete ni en medio de la incertidumbre y la zozobra que nos tocó a nosotros.

Al fondo el muelle el Waffe en el centro de Turbo

Ahora pienso que el Turbo que le tocó a mi padre fue un lugar humilde, sin pretensiones de ciudad, con un mar de pueblo y con muchachitos que pateaban balones por las calles sin pavimentar, jóvenes que tampoco iban a la escuela, pero que hacían labores de campo o descargaban barcazas de colores que bajaban por el río Atrato cargadas de maderas y de bananos, de hombres y mujeres que venían de la selvas chocoanas a las fiestas de chirimías.

El Golfo de Urabá, belleza ignorada por el turismo antioqueño











A pesar del abandono las playas de Turbo son encantadoras
Fotografías de César Herrera
Turbo 10-12 de oct. 2016

domingo, 14 de agosto de 2016

Rubén Darío El Huracán Palacio



El llanto de un Huracán


Por César Herrera Palacio

Tomado de
cronicaliteraria.com.ar
2 de ago. 2016

«Y brillaban las estrellas…
Y olía la tierra […]
Para siempre desvanecido, mi sueño de amor
Este tiempo ha terminado…
¡y moriré desesperado…!
¡Y jamás he amado tanto la vida!»

E lucevan le estelle, Ópera Tosca de Giacomo Puccini



Recuerdo que vi en las noticias a un excampeón mundial de boxeo. Estaba esposado, vestido de prisionero ante un tribunal de la ciudad de Miami. Lloraba mientras respondía a las preguntas del magistrado William Turnoff. Era lunes 7 de noviembre de 1994:
—¿Tiene usted dinero para pagar un abogado?
—No… No, señor, no tengo.
—¿Tiene usted propiedades o automóviles?
El hombre de 32 años quiso responder pero la voz se le convirtió en una dura fruta que chasqueó y no lo dejó hablar. Entonces meneó la cabeza. Respiró profundo y metió la cara entre sus hombros.
Era Rubén Darío el Huracán Palacio, un campeón mundial de boxeo despojado de su corona el 16 de abril de 1993 por resultado positivo en la prueba de VIH. La primera pelea en defensa de su título le reportaría 70 mil dólares con los que pensaba regalarle una casa a su madre y comprarles otra a su esposa y sus hijos. El 6 de noviembre había sido detenido en el aeropuerto de Miami con 5.33 libras de heroína camufladas en su chaqueta de cuero negro y entre unos calzoncillos de incontinente.
El boxeador antioqueño, nacido en la Sierra, Puerto Nare, el 1 de mayo de 1962, llevaba a toda hora una sonrisa protuberante y tenía la voz de flauta de un animador circense.
Este pegador sólido de movimientos desmesurados en el ring no tenía la elegancia en el regate de Miguel Happy Lora, con el que perdió en una ajustada pelea; pero frente al asedio de sus contendientes se recostaba contra las cuerdas, se echaba hacia atrás y al regreso se escabullía por un lado del guante retador; de repente se agachaba con la rapidez y el resoplido del tifón y se salía de las cuerdas. A veces no regulaba la velocidad y se iba dando tumbos por el cuadrilátero y los espectadores pensábamos que trastabillaría y caería. Luego de unos extraños pasos de comediante se reponía y daba el frente al adversario. Es famosa la pelea contra el italiano Valerio Nati en la que el público apoyaba ensordecedoramente al pegador local porque estaba a punto de tumbar al colombiano y de repente, como un polímero, el antioqueño rebotó contra las cuerdas, lejos del alcance de los puños, se agachó y se le escapó dando bandazos. Solía repetir el jab con la mano izquierda y en una fracción de segundos martillaba un gancho de derecha. En el décimo round de esta pelea estuvo a punto de caer por los golpes del italiano y en el último segundo se repuso e impactó con un derechazo en el rostro del hombre de la bota itálica. Lo dejó tambaleante y cuando se le fue encima como una fiera, sonó la campana. La reacción del colombiano había sido tardía porque los puntos se habían acumulado a favor del europeo.
Otra de las derrotas memorables fue contra Luis Chicanero Mendoza en 1990 en Miami, donde ahora se encontraba, a un paso de ser condenado, posiblemente, a 10 años por tráfico e intento de distribución de narcóticos en los Estados Unidos. Chicanero Mendoza solo necesitó tres asaltos para noquearlo. El Huracán se retiró llorando del tinglado y con la desilusión de la derrota le dijo a un periodista de El Tiempo que era el final, que haría dos peleítas por ahí para ganarse unos pesos y se retiraría del boxeo: «Ya está bueno de esta joda; tanto luchar para nada»; pero cuando se le pasó la calentura regresó al ring y en septiembre de 1992, cuando contaba con 31 años de edad sería campeón del mundo.
Peleó en 58 ocasiones y obtuvo 45 victorias; 19 por nocaut. 

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Este arte rústico de eludir y soltar los puños lo aprendió a los siete años en la escuela de Cisneros a donde lo llevó su padre, un trabajador de una fábrica de cemento. Años después recordaría ese tiempo como el más bello de su vida. Empezó a ganarse las monedas noqueando niños por veinte o treinta centavos. Cuando se burlaban de él por su pelo de alambre o por su voz de niña, agarraba a sus compañeritos a coscorrones. Se hizo popular por su bravura y en sus bolsillos siempre había algo de dinero. Pronto pensó que no necesitaba estudiar. Siempre ganaba y le gustaba sentir que era fuerte y que podía conseguir así la plata. Tenía con qué invitar a las niñas a la heladería y cuando llegó a la adolescencia se consiguió hasta tres novias a la vez y en la misma cuadra. Para todas había felinos peludos de cumpleaños, pintauñas encendidos el día de los enamorados y las turnaba para llevarlas a pasear por las afueras del pueblo. ¡Esa era la vida!
Cuando no estaba peleando se rebuscaba el billete como mesero en los restaurantes, trabajando en los trapiches o cargando mercados. Le gustaba el trabajo pesado y hacía ejercicio varias veces al día.
A los 19 años tuvo su primera pelea por campeonato y conquistó un título regional. Cumplió uno de sus grandes deseos: llevar a su novia a la mejor discoteca. En sus momentos de desgracia le confesaría a una periodista: «Ya no quería tener cualquier pantalón, cualquier camisa, quería el oro, y sobre todo, codearme con gente e ir a los mejores restaurantes». Durante esos años adquirió la costumbre de andar por las calles con las mujeres más hermosas para que la gente dijera: «qué hace ese negrito con esa mujerota». La gente lo saludaba y Rubén estiraba el cogote y alzaba su vocecita de castrato; esa era una de sus grandes satisfacciones. Decía que  un hombre completo para él era aquel que tuviera buena presentación, que supiera hablar, que no sintiera timidez y que usara una buena loción: «Solo así se gana un gran corazón».
A los 21 años le quitó el invicto a Miguel el Máscara Maturana, campeón mundial aficionado.
Luego vinieron los viajes y su vida en Europa. Rubén Darío el Huracán Palacio fue el boxeador más internacional que ha tenido Colombia. De los italianos adquirió el gusto por las zapatillas. Sus camisas eran coloridas y de cuello alto, todas las hacía marcar con el nombre del país donde las había comprado. Coleccionaba cachuchas que le daban un aire de beisbolista.
Siempre que regresaba del extranjero reunía a toda su familia y hacía sancochos colosales al son de música vallenata; ordenaba sacar un equipo de sonido al zaguán de la casa y ponía a alto volumen a Silvio Brito o a Diomedes Díaz; luego el grupo Niche y los Hermanos Lebrón; pero también había momentos para escuchar a Vicky y a Camilo Sexto. Y por aquellos años todavía se metía en los picaditos de fútbol durante las mañanas soleadas del domingo hasta cuando su temperamento y las trifulcas con sus amigos le sugirieron abandonar el fútbol.
Fue uno de los deportistas más famosos de Colombia. Le encantaba leer el periódico y encontrar sus fotografías en ellos. Si bien no había podido comprar una casa para su madre, siempre mantenía dinero en el bolsillo, viajaba y salía con mujeres bonitas.
Había tenido una vida de sacrificio para después darse sus gustos. Cuando se preparaba para los combates tenía una rutina estricta: se levantaba a las cinco de la mañana, calentaba durante quince o veinte minutos y salía a correr unos treinta kilómetros; dormía un poco en el transcurso de la mañana y por las tardes iba al gimnasio. Pensaba vivir muchos años del boxeo y cuando se retirara, se dedicaría a vivir de la renta. Trabajar en una empresa no estaba en sus planes. Y todo parecía apuntar a que ese sería su futuro.
Rubén había intentado conseguir el título Mundial en Seúl, Corea, en Cartagena y en Miami y en las tres ocasiones habíamos visto a un boxeador derrotado y lloriqueando a la salida del ring. Su triunfo pasajero, antes del desastre final que lo llevaría a la muerte once años más tarde, le llegó en Londres en una pelea pactada con el británico Colin McMillan, campeón pluma de las 126 libras de la Organización Mundial de Boxeo. El sábado 26 de septiembre de 1992 en el Olympia National Hall de la capital británica, el colombiano envió al campeón mundial que lo aventajaba en, por lo menos diez centímetros de estatura a cuidados especiales. El titular, dos días después, en el periódico más influyente de Medellín fue: «Huracán Palacio: “más sabe el diablo por viejo” Colin McMillan fue a parar a un hospital». El Huracán, que lloró de alegría, comentó: «Estoy viejito, pero aún soplo». A sus 31 años les tapó la boca a los periodistas que insistían en que se retirara del boxeo. El pegador en una entrevista había tenido un arrebato de humildad y había dicho que consideraba que no era lo mejor como boxeador y como deportista, pero que tenía la convicción de que sería campeón mundial. Por eso, cuando el supervisor del combate Marc Schonker alzó su brazo, saltó por el cuadrilátero y corrió a abrazarse con los de su esquina y a preguntarle insistentemente a su entrenador Reginaldo López si no era un sueño todo lo que le estaba ocurriendo. Por otro lado, el apoderado de McMillan, el boxeador británico de origen jamaiquino, considerado un Sugar Ray Leonard en potencia, dijo que iba a entablar una demanda porque la lesión, del hasta entonces campeón mundial, había sido ocasionada por el boxeo peligroso del colombiano que le produjo una dislocación del hombro izquierdo en un violento cuerpo a cuerpo. Sin embargo, la prensa inglesa reconoció el coraje y la guapeza del Huracán que acabó con todos los pronósticos. No obstante, The Sunday Times señaló a EFE que McMillan continuaría siendo el campeón mundial si el combate se hubiese realizado bajo las reglas de Consejo Mundial de Boxeo (CMB) —y no bajo las de la Organización Mundial de Boxeo (OMB)—. Según aquellas se habrían tenido en cuenta, para designar al ganador, los puntos marcados en las tarjetas de los jueces en el momento de la suspensión. Dos de los jueces daban una ventaja de tres puntos a McMillan sobre Palacio. El tercer juez daba como ganador al Huracán por un punto. Frank Warren, el apoderado del inglés, aseguró que había sido Palacio quien dislocó el hombro del campeón al hacerlo girar cuando su brazo se encontraba bajo el de McMillan.
La defensa del título sería contra John Davison que le representaría una bolsa de 70 mil dólares. No se cansaba de decir que le compraría una casa a su madre. Por eso, lo primero que pensó fue en descansar tres días y retomar el trabajo de gimnasio.
Pero no pasó mucho tiempo para que empezaran los problemas: «Rubén Darío El Huracán Palacios, campeón mundial del peso supergallo, versión OMB, se preparará por su propia cuenta para la primera defensa del título, que hará el día 13 de marzo en Escocia, ante el inglés John Davison. Palacio, que venía entrenando en Bogotá, regresó inesperadamente a Medellín lo que provocó el rompimiento con la empresa Boxing de Las Américas, propietaria de sus derechos deportivos». Esta fue la noticia que apareció en la prensa pocos días después de que quedara campeón. Rubén era un hombre contento y confiado. Nunca se supo qué lo llevó a romper con la empresa.
Palacio había vivido en el extranjero, había disfrutado los placeres que se les concede a los triunfadores y había hecho realidad su sueño de ser campeón mundial cuando parecía el momento menos indicado por su edad y su desgaste en parrandas y mujeres. Había sido un boxeador aguerrido, que en algunos combates se veía muy técnico (como en la pelea inolvidable en Cereté con Miguel Happy Lora) y en otros, un simple pelionero de esquina. Unos meses antes había dicho que se iba a retirar del boxeo cuando cayó estrepitosamente ante Luis Chicanero Mendoza. Y, de repente, como si le hubiera vendido su alma al diablo (como en la parábola de Tolstoi, en Cuánta tierra necesita un hombre), el Huracán sopla con fuerza, logra la faja de campeón mundial y de ahí en adelante es vertiginosa la caída a la sima sin regreso.
«Hoy, mi vida es levantarme a las 7:30 de la mañana, tomar un baño, un desayuno, y, con agenda en mano, disponerme para salir a vender libros», le dijo a María del Pilar Hernández de El Tiempo, el 11 de octubre de 1993. Seis meses después de que le dieran la noticia que le impediría su primera defensa del título.
«Tuve en mis manos la oportunidad de ser uno de los mejores en el deporte mundial, y si no, al menos el mejor boxeador colombiano. Estaba tratando de superar metas, de ser mucho más que Pambelé. Eso estaba escrito. Pero todo se me escapó de las manos y pensé que el mundo había finalizado. Pero la vida nos presenta situaciones difíciles y después de que me he enterado de mi enfermedad, me he hecho muchos propósitos que estoy cumpliendo».
Quería convertirse en un consejero; aparecer en la televisión, dictar conferencias sobre el cuidado personal. Durante esos meses siguientes como representante de una editorial, viajó por algunas regiones y concedió entrevistas para la prensa. Se aferraba a su vida de campeón: coleccionaba las cachuchas y lucía camisas vistosas y baratas, hacía los sancochos con su familia y escuchaba los vallenatos de otros tiempos. Parecía optimista y decía a los periodistas que solo le temía a las balas perdidas en Medellín.
Al Huracán le llegaron propuestas del Ministerio de Salud para realizar comerciales destinados a orientar a la juventud para prevenir el Sida y para rodar una película en la que se narrara su vida; cantaría con los grupos Niche y Caneo canciones de crecimiento personal en ritmo de salsa.

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Por aquellos días de celebridad estaba escribiendo el libro La vida personal del Huracán, financiado por Identidad Cultural, la firma para la cual trabajaba. Se trataba de una autobiografía donde reflexionaba sobre lo que había sido su existencia. Llevaba escritas unas 150 páginas y saldría en diciembre.
Todos esos proyectos se fueron enfriando. El Huracán se diluyó. Solo se oía un silbido melancólico en algunos medios: «La prensa se olvidó de mí. Me utilizó. Estuvo conmigo sólo cuando se enteró del problema, después ya no me volvieron a llamar, no me volvieron a ver, porque ya pasó lo malo. Hoy solo hago parte del olvido». Entonces se aferró a Dios, repetía que no se iba a morir mañana ni pasado, que estaba trabajando duro para «hacer muchas cosas antes de irme de este paseo. Una de ellas es dejar a mi familia en muy buen estado económico, estoy luchando por eso y creo que lo estoy logrando». Quería que de él se dijeran cosas lindas; cree que si hubiera podido estudiar hubiera llegado a ser un buen médico. Conmovía a sus pocos amigos con su euforia pasajera. En ocasiones parecía creer que el VIH era como una gripe y pensaba que podía vencerla. El 27 de abril de 1993 le dijo a Arturo Jaimes de El tiempo que iba a noquear al Sida. «Será la pelea más importante de todas mis peleas».
El virus se lo descubrieron en Inglaterra en el examen que le hicieron antes de la pelea en que iba a exponer la corona ante John Davison y sus manejadores tuvieron en secreto la noticia durante un tiempo, pero cuando fue inevitable que lo supiera, el Huracán tenía esperanzas de que solo se tratara de una pesadilla de la que tarde o temprano despertaría. «Ese día, cuando supe toda la verdad, sentí que el mundo se derrumbaba a pedazos. Me encerré en el hotel y lloré desconsolado. Estaba destrozado. Casi enloquecido. Quería gritar, correr, y marcharme lejos. Incluso, llamé a mi mamá y le dije que no iba a volver a la casa porque no quería infectarla a ella ni a mis hermanas. Ella me dio una respuesta dulce y tajante: Soy tu madre y estaré a tu lado, pase lo que pase. Sólo me desesperé ese primer día, porque desde la mañana siguiente, después de que hablé con Dios y puse mi destino en sus manos, me hice la promesa de que voy a doblegar el sida, cueste lo que cueste (...) Estoy seguro de que algún día yo regresaré al cuadrilátero a reclamar lo que me quitaron: el título de campeón mundial de la categoría pluma de la Organización Mundial de Boxeo».
Su madre Fabiola Ceballos y su Hermana Rosa Margarita empezaron una faena de oraciones y de fortalecimiento espiritual en la sala del apartamento en el que vivían en el barrio Niquía de Bello. En el suelo de su cuarto levantaron un altar con la imagen del Señor de los Milagros, una estampa de José Gregorio Hernández y la Biblia bendecida.
El periodista Jaimes subió al salón de los trofeos donde «aún está el hermoso cinturón enchapado en oro de campeón mundial de los plumas». El Huracán Palacio le dijo que había visto al boxeador Esteban de Jesús que había muerto de Sida «¿Sabe una cosa? Yo lo visité en el hospital. Ya no reconocía a nadie, se había encogido y tenía llagas en todo el cuerpo. No podía ni hablar. No le salía la voz. Estaba agonizando. Era terrible verlo, pero eso no me sucederá a mí: voy a noquear el sida».
Habló de su esposa de la que hacía ocho meses se había separado. «Ella se llama Luz Maryori, tiene 21 años y nuestro matrimonio fue el 13 de octubre de 1990. Por desgracia se presentaron algunos problemas que impidieron que nuestra relación prosiguiera normalmente. Ahora ella está embarazada y va a dar a luz en cualquier momento, pero todos estamos tranquilos porque confiamos que el bebé no corre ningún riesgo. Ella se hizo el examen del sida la semana pasada, y gracias a Dios, el resultado fue negativo. Lo que más deseo en el mundo es no infectar a nadie. Por eso, cuando supe todo esto, me reuní con Luz Dary, mi novia y le dije que aunque la amo mucho, tenía que dejarla». Sin embargo, ella insistió en acompañarlo en aquel momento, pero al poco tiempo lo abandonó; luego falleció su padre, sus amigos se evaporaron; el gobierno hizo campañas aprovechando su figura sin reportarle ningún beneficio económico. La Alcaldía de Medellín y la Gobernación de Antioquia le prometieron una casa. Una vez terminado el espectáculo, ninguna promesa se cumplió. Rubén Darío tenía ahora otros caminos: las drogas y el alcohol.
En aquellos tiempos, por las avenidas de la ciudad de Medellín transitaban autos último modelo conducidos por hombres recién salidos de la adolescencia que gastaban grandes cantidades de dinero en licor, drogas y mujeres; compraban apartamentos en El Poblado o en los municipios de Envigado y Sabaneta.
El 26 de noviembre de 1994 un juez de la Corte Distrital de Miami sentenció a tres años y diez meses de encierro al pugilista Rubén Darío Palacio. Joaquín Méndez, el abogado defensor, expuso las causas que llevaron al Huracán a delinquir. Sostuvo que su cliente no tenía antecedentes criminales y había pedido una rebaja de ocho a tres años porque su participación en el porte y distribución de drogas a los Estados Unidos era de mínima cuantía.
Aseguró que Rubén Darío Palacio se vio presionado por las circunstancias; al saberse portador del VIH, despojado de su faja de campeón del mundo lo acometió la desesperación y recurrió al negocio ilícito de las drogas. El defensor mencionó la labor social y comunitaria desempeñada por el pegador durante sus años de gloria en el boxeo. Insistió en que la discriminación por su estado de salud y la falta de trabajo lo presionaron a cometer el error.
La intención de Rubén Darío el Huracán Palacio era validar sus estudios de bachillerato y recuperar su condición física durante los años que lo esperaban en la prisión federal. Deseaba que el tiempo pasara pronto para regresar a su país y rehacer su vida al lado de su madre, sus hermanas y sus tres hijos.
Catalina Oquendo escribió algunos años después: «En su último asalto, el Huracán se precipitó en la angustia. Luego de cuatro años en la cárcel volvió a Colombia, no encontró trabajo, se perdía durante días de su casa y vagaba. Sus hermanos, su compañera e hijo, hoy de 10 años, sufrieron con él la adversidad».
El 19 marzo de 2001, tres años después de su regreso en silencio a un país que le había dado la espalda, dijo a la revista Semana: «Me metí en el tráfico de drogas porque vi una forma de ganar dinero fácil, pero fueron más los problemas que los beneficios... Tuve que empezar de ceros». La redacción de la revista dijo: «Desde entonces trabaja en la venta de libros y como comisionista de venta raíz. Después de nueve años de ausencia de los cuadriláteros, la semana pasada regresó al ring para volver a entrenar. A sus 38 años de edad dice que ha vivido lo suficiente para pedirles a los jóvenes que estudien y trabajen. “Es la fórmula para construir un país mejor”».
La última noche de su vida se sentó bajo un búcaro a consumir bazuco. De repente le cayó sobre la cabeza una flor que lo picoteó con su pico de cóndor. La cogió y se quedó mirándola a la tenue luz amarilla del alumbrado público. Era una flor dura, anaranjada y eran las nueve de la noche y la desolación helada en el parque de San Antonio le tallaba en el pecho como una estaca astillada. Era la bronquitis agravada por el VIH. Le habían pronosticado quince días de vida y eso era una contundente esperanza. Hacía un año una gripa derivó en tuberculosis y había sido internado en la Clínica La María del barrio Castilla en Medellín. Pero el Huracán no tenía con qué pagarse la hospitalización y esperaba droga de caridad que dejaban los que iban muriendo.
El miércoles anterior había visitado a un amigo de apellido Toro en el piso diecinueve de los juzgados. «Tenía fiebre, se desplomó en una silla y pidió una Coca Cola. Vine a decirle que sí, que hagamos el documental sobre mi vida —dijo— antes de que me muera. Pero el martes, cuando comenzarían a grabarse, ya no había tiempo para ese video sobre la debilidad de la fama», narró en su crónica Catalina Oquendo.
Dice Greñas, el último que lo vio con vida, que estaban trabados bajo el búcaro donde se sentaban cuando el parque quedaba desolado, que a Boxeador le cayó una sólida flor anaranjada sobre su cabeza.  El Huracán la agarró del suelo y se puso a jugar con ella, la volteó para que el gorrito le quedara como cabeza de cóndor y bajo el pico colgaran los ramales en chivera. Se la acercó a la boca desgarrada por el abandono y le susurró: «Cóndor hijueputica, no me piqués tan duro, malparido» y se puso a llorar como si tuviera clavada una espina. Greñas dice que si hubiera sabido que Boxeador se estaba muriendo no lo hubiera tratado mal, no le hubiera dicho «chillón hijueputa» y que no se habría marchado para la otra caleta junto a la Avenida Oriental. No se sabe a qué horas El Huracán dejó de apretar entre sus manos la flor del búcaro, a qué horas dejó de hablarle como a una cría y se paró de allí y se acostó sobre la mesa de cemento de lo que hoy se conoce como el Bar Paloquemao, un balcón popular hacia la calle Palacé donde cada sábado se reúnen muchedumbres de afrodescendientes a tomar trago por la tarde y a cantar salsa y vallenatos a los gritos. No se sabe si se arrastró por el húmedo cemento hasta el nido donde lo encontraron palpitante más por la costumbre de pelear que porque, en realidad, le quedara algo de vida. Estaba crispado como un pichón de cóndor al rincón de la madrugada de un solitario domingo de noviembre.
El vigilante movió el cuerpo con el pie y llamó a la policía que lo condujo al Hospital San Vicente de Paúl, donde sopló por última vez un poderoso Huracán que había renunciado a hacerle daño a su familia con su presencia deshilachada y que hacía algunos años se había cansado de luchar contra la indiferencia de los que lo rodearon cuando estuvo en la buena.
El cuerpo del Huracán permaneció en la sala de velación Los Olivos de Bello, hasta el martes 18 de noviembre de 2003 en espera de que los programas radiales de Weimar lo dice, de Múnera Eastman y las funerarias San Vicente y La Esperanza, Indeportes Antioquia y limosnas de ciudadanos de a pie permitieran un entierro de caridad en Jardines de la Fe en el municipio de Copacabana.