jueves, 17 de abril de 2014

Isolina, otra de violencia





Titulo del libro reseñado: Isolina




Autor del libro reseñado César Herrera

Editorial del libro reseñado: Fondo Editorial Universidad Eafit, colección Antorcha y Daga, Medellín, 2003, 187 págs.

Por Miriam Cotes Benítez






Me han encomendado hacer la reseña crítica de tres novelas colombianas de reciente publicación1 y, aunque debo tratar cada una de ellas por separado, no puedo evitar mencionar, por lo que me impactó, que todas tratan un tema común: la violencia que en sus múltiples facetas devasta a este adolorido país desde tiempos sin principio y cuya inexorable realidad se cierra ahora como un puño de hierro sobre mi corazón.

Pedirle a la literatura colombiana que se aparte del tema de la violencia sería pedir un imposible. El arte, por más que lo trate, no puede alejarse de los temas que viven en su cotidianidad quienes lo hacen. Por supuesto, no tendrían que abordar todos estos temas (y no lo hacen) ni de frente ni en exclusiva. Sin embargo, sería absurdo que los artistas (de las letras o de otros ámbitos) metieran su cabeza, como el avestruz, en la tierra e ignoraran olímpicamente lo que transcurre ante sus ojos y entre sus costillas o donde quieran que tengan ubicado el corazón. Esta ignorancia no sería ni deseable ni justa. No obstante, es duro comprobar que en la literatura colombiana la violencia se ha convertido en la reina madre a la que todos le rinden honores abundantes. Todos los otros temas parecen haberse opacado, y a veces uno se pregunta si no será un síndrome de agotamiento de materia lo que pronto matará a nuestra novela.

Pero dado que es así, que la violencia es la reina madre, hay una sutileza (sutileza dependiendo de por dónde se la mire) que se torna, en estas circunstancias, demasiado importante: el tratamiento que se le da al tema. No es lo mismo, definitivamente no es lo mismo, hacer literatura que hacer amarillismo, y tampoco da igual que se abuse de un recurso y se le explote hasta la saciedad. Está bien que la violencia es un lugar común en nuestro país (lugar común en el sentido de que todos discurrimos por ella con mayor o menor intensidad o frecuencia), pero aun así no hay que hacer de ese lugar común, tan doloroso, por cierto, el lugar más común de todos los lugares y mucho menos el refugio donde se esconden los que carecen de ideas auténticas y originales. No es lo mismo enfrentar el tema de la violencia con mirada honesta, con mirada artística, que valerse de ella con motivación sensacionalista para captar lectores que, por horrendo que suene, parecen solazarse y divertirse con los temas escabrosos y/o con la desgracia humana... Me he echado todo este discurso porque me parece que eso es lo que hace César Herrera en su novela  |Isolina: retomar el tema de la violencia y meterlo en un paquete compuesto de miles de paqueticos para venderle algo a un público que bien pudiera estar leyendo otro tipo de publicaciones.



El Buda Sakyamuni lanzó una vez una frase que a veces resuena en mis oídos. Dijo: "Un hombre sabio es aquel que sabe que suficiente es suficiente". Todo en la vida tiene un punto, un límite, a partir del cual, todo lo que sigue es exceso, abuso, estereofonía, total falta de sabiduría. Dicho en otras palabras: todos tenemos días malos, pero cuando el día es demasiado malo resulta ya increíble en el significado más estricto de esta palabra. Es como la canción de los Beatles  |A Day in the Life, que cuenta la historia de alguien que lee las noticias y, a pesar de que cuentan de un hombre que se voló la cabeza en un carro, pues no se dio cuenta de que el semáforo había cambiado, no puede evitar soltar la risa. Si estamos de buenas pulgas, el exceso resulta hilarante. Si no lo estamos, bueno, mandamos a los que lo cometen a freír espárragos.

Hablando de excesos, hay que decir abiertamente que en el libro de César Herrera hay de todo, demasiado de todo, como en cualquier noticiero colombiano: hay violencia callejera, política, sexual; de actores de la delincuencia común, del narcotráfico. Hay travestismo, sexo telefónico, sida, atracos, prostitución, corrupción, robo. Hay santería, hay religión convencional, hay brujería. Hay alcoholismo, hay drogadicción. ¡Es demasiado! No hay cuerpo que aguante, ni ojos que resistan, ni ganas de acabar el libro que soporten. Si no fuera porque debía terminar de leerlo, juro que habría mandado a César Herrera a comer papas fritas.

|Isolina es mi primer encuentro con César Herrera. Revisando la pequeña bibliografía suya que aparece en la solapa de la publicación (por cierto, bastante bien producida), deduzco que es paisa y me entero de que ha publicado varios libros desde hace ya algunos decenios. Tiene libros de poesía, tiene cuentos, ha dirigido una revista literaria y, al parecer, ésta es su primera novela. ¿Será que tal vez por eso cae en el exceso? Supongo que si uno escribe una colección de cuentos quiera darles un hilo conductor escogiendo un tema que los una. Desde luego, una novela también debe tener un elemento aglutinador, un motivo que contribuya al decoro, como decía Horacio; esto es, a la coherencia interna de la obra. Pero el pique y el repique sobre un mismo tema y el exceso de acontecimientos, todos ellos facetas de una misma problemática, de ningún modo pueden ser el elemento que cohesione, porque cuando es así al lector no lo quedan sino dos opciones: o se aburre o finalmente suelta la carcajada como Lennon y Mac Cartney en la canción ya mencionada: "Y aunque la noticia era demasiado triste, no pude más que reír".



Hay temas, como el de la violencia, que demandan de quien lo trata como principal, delicadeza, seriedad, maestría, penetración en la naturaleza humana. Este tema, ampliamente tratado en la literatura universal y en la colombiana exige mucho para no caer en el sensacionalismo. Me explico: hay autores como Faulkner, Carson McCullers, Cesare Pavese, Hemingway, Kerouac, Burroughs, entre muchos otros, y para sólo hablar de los contemporáneos, que han abordado guerras mayores y menores, conflictos, asesinatos, drogadicción, homosexualidad, pero lo han hecho de manera artística y sin caer en fastidiosas superabundancias. Uno se conmueve, reflexiona, se identifica o se desidentifica, pero sabe que lo que tiene ante sus ojos es literatura y, como lo decía Alejandra Pizarnik, uno por la literatura puede hasta perder la vida. Sin embargo, otra cosa es cuando ante sus ojos desfilan historias narradas por un personaje insensible a más no poder, superficial hasta la médula, que desgrana, como si nada estuviera sucediendo, un cúmulo de dolorosas violencias ante las cuales uno ya no sabe cómo reaccionar: si como John y Paul, o con enojo ante el oportunismo de ciertos escritores colombianos que hacen el bien sin mirar a quien... Definitivamente, Neruda tenía razón cuando contaba que a veces en las fiestas se escondía en el baño para que los noveles poetas no le leyeran sus poemas cuya publicación, él consideraba, era un crimen contra la naturaleza, pues varios árboles tendrían que sacrificarse para que el autor satisficiera su ego.

Con  |Isolina de César Herrera uno sufre de gran indigestión. Sucede algo similar a lo que voy a describir en la siguiente analogía: todos sabemos que la chicha, el café y la cerveza quitan la sed. Pero ¡ay de quien se atreva, para calmar la sed a fondo, a mezclar estas tres bebidas! Como mínimo se ganará un dolor de estómago y, si no se cuida, puede terminar con sondas en el hospital.



La historia contada en  |Isolina va más o menos así: hay un personaje, Sigifredo, un auténtico indolente que nos cuenta los acontecimientos de su vida desde la infancia hasta las últimas consecuencias. Es un recurso manido, bueno, muy utilizado, pero está bien, de buena fe nos adentramos en su historia. De pronto puede resultar interesante. Año tras año, aunque no en cronología exacta, vamos recorriendo de su fría mano distintos parajes de la vida y de la geografía colombiana. Es allí donde empieza a aparecer este "de todo" del que he estado hablando en estas pocas páginas: escenas rurales con su vida típica (de milagro no encontramos la mulera, tan de moda en estos días), borrachines, tíos raros, abuelas desalmadas o buenas (ya no recuerdo), maestras de pueblo, camioneros y un sinfín de imaginería característica de las poblaciones de la cordillera antioqueña. " Vale. Si la antioqueñidad está de moda, ¿por qué no saber un poco más de ella? ". Hasta ahí parece una novela como cualquier otra, no tan mala, no tan buena, de esas que uno podría leer entre siesta y siesta en vacaciones. Seguimos a Sigifredo. De pronto, el autor decide hacer un experimento: nos presenta todo un apartado en el que, como Joyce, omite cualquier puntuación. "Ah, que bien. Parece que la nueva narrativa paisa no desconoce a los mayores de la literatura y se arriesga a escribir a su manera... Bueno, si la poesía de la Capital de la Montaña ha sido profundamente surrealista, ¿por qué su novelística no podría ser joyceana? ". Pero no. Pasado este capítulo, volvemos a la escritura convencional. "Si así lo quiere el autor, entonces ni modo. Respetémoslo". Y siguen veinte o treinta páginas donde Sigifredo, ahora sí envalentonado, nos empieza a contar de todo lo habido y por haber: atracos en la costa en la ruta Maicao-Barranquilla, peleas callejeras de tipos borrachos, heridas a mansalva, accidentes de tránsito por curveadas carreteras, niñas prostitutas, viejas prostitutas, fiestas al amanecer, violaciones masivas y particulares, policías corruptos, parientes gay que mueren de sida, amenaza de contagio en víctima inocente, señoras que les rezan a supuestos santos para que les hagan mal a otros y ya no recuerdo cuántas cosas más. Cuando uno cree que ya Sigifredo va a descansar o nos va a dejar descansar a nosotros (que la novela se va a acabar), pum, aparece el amor... Y, bueno, descansamos... Por fin algo bonito, por fin algo menos atropellado, por fin, por fin, por fin (si Sigifredo se casa y forma una familia, tal vez deje de agobiarnos con sus desgracias fantaseadas o reales). Pero no. El supuesto amor, que sólo al final pasa de lo telefónico a lo real, también tiene su faceta sorpresiva y desagradable. La tipa de la que Sigifredo se enamora resulta siendo un tipo. Y no es que esto me escandalice. Para nada. Lo que pasa es que, a la altura en que llega y como llega uno ya está cansado de tanto, tanto y tanto. Para rematar, a la Víctor / Victoria de Herrera la matan los I sicarios al salir de un bar donde está teniendo la primera cita con nuestro insulso personaje (para alivio del lector parecía que lo estaba convenciendo de vivir el otro amor... ¡Por fin Sigifredo va a ser feliz!) ... Cuando aparece este ingrediente más, uno no sabe si reír o ponerse a llorar (claro, lo primero sería lo más sano)... Y cuando ya uno está a punto de hacer lo uno o lo otro, se da cuenta de que todo no era más que una fantasía de Sigifredo, a quien, como el autor, pareciera fascinarle jugar con los demás en sus tiempos de ociosidad. En fin... Uno cierra las páginas sin mucho que decir pero seguro de que el sensacionalismo y la literatura no son dos cosas que compaginen bien.

Como no todo es malo en este mundo (si así lo fuera se autodestruiría), hay algo que antes de finalizar me gustaría recalcar: César Herrera es buena pluma. Tiene un estilo fluido, suelto, a ratos excelente, que hace que uno más o menos le perdone su precaria imaginación. A Dios lo que es de Dios y a César lo que es de César. Sin embargo, me gustaría darle un consejo no pedido: que utilice su talento con más consideración por sus lectores y que la próxima vez se enfoque en pocas cosas. Del atiborramiento en la literatura, tal vez diría el Buda Sakyamuni hoy, no queda sino la más árída ignorancia.



| 1 . Ésta; es decir,  |Isolina, de César Herrera;  |Las mujeres de la muerte de Gustavo Álvarez Gardeazábal y  |Mi vestido verde esmeralda de Alister Ramírez Márquez.

Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Autores: Banco de la República

http://www.lablaa.org/blaavirtual/publicacionesbanrep/boletin/bole69/bolet31.htm

Los cuadros de Araucaíma (relato)




Para Álvaro Mutis


La tarde anunciaba lluvia, el viento gateaba por el lomo de los dos grandes ríos que se quejaban raucos mientras se revolvían a la manera de miriápodos que han sido desarticulados. Era una sucesión de ciempiés atrapados en celdas oscuras que reverberaban en espuma a la luz de un sol deshilachado por la tormenta que se avecinaba.

Ángela, que había salido a hacer un reconocimiento del somnífero pueblo, vio en el horizonte, cercado por las gibas de la cordillera central de Los Andes, las fisuras eléctricas que hacía la tempestad en el occidente. Extrañaba las lluvias de su tierra. Allá veía llegar los aguaceros. A veces le venían del mar y en ocasiones habían transpuesto las montañas. En los dos casos la muchacha veía el estrafalario oso negro pisoteando su cielo. Cuando estaba un poco más chica iba a su cuarto y se ponía su camisa de franela blanca y sus pantaloncitos de nailon. Llamaba a las muchachas vecinas y salían a jugar a la golosa en mitad de la calle. Una vez bajo el temporal, los jóvenes les hacían corrillo para repasar inútilmente con las tizas las rayas en el pavimento todavía cálido. Hasta que aparecían los arroyos y las jovencitas se retiraban a las ventanas de madera a ver pasar tarros de galletas, botellas de gaseosa, cajas de icopor, papeles cagados y animales callejeros empotrados en las aguas, con la esperanza de que el arroyo llevara un auto viejo o algún vecino despanzurrado para volcarse nuevamente a la calle. Los muchachos permanecían un rato más en la mitad del afluente viéndolas tras sus ventanas con ganas de que encontraran el pretexto para salir y arrojarles manotazos de agua sobre las camisetas.
Ahora, Ángela, tenía diecisiete años, había recibido una invitación para conocer a unos familiares de la altiplanicie; la había aceptado y después de un fin de semana tedioso, en la víspera de su regreso, cansada del cigarreteo de pueblo pequeño, había salido a pasear por las calles y un tronazón helado de Apocalipsis que sonó en sus orejas y se regó como un pedregal durante más de cinco minutos, la hizo entrar en una casa pintada de verde desolación. La Casa de la Cultura. La galería era una sala estrecha, de baldosas rojas y negras armadas en ajedrez. Las paredes de tapia estaban caleadas y desconchadas y las dos ventanitas pintadas de naranja con varillas azules, partían el aire que quemaba las mejillas de Ángela. A veces, mientras veía inquieta la exposición, se aferraban unas manos juveniles a los barrotes, luego subía una cabeza rubia, despuntaban unos cachetes rosados y pecosos por un minuto y cuando la fuerza de los brazos se agotaba, se veía bajar rápidamente la cabeza, luego aparecía otro cabello y otros ojos verdes como los de Ángela pero sin su empalago de Angora.
Ángela leyó al pie del primer cuadro sin descuidar los barrotes:
“El guardián: manco, respetado aunque mercenario de un tiempo no olvidado”.
Se corrió dos pasos por la izquierda y leyó en el siguiente:
“Graciliano, pederasta; recibió la mansión por maquinaciones legales”.
En  un recuadro de papel a medio pegar y manchado de café decía:
“Él ideó el sacrificio”.
Ángela pensó en los rostros de la ventana, parecía que se hubieran alejado. Pensó que si se volvieran a asomar, podrían ver lo que estaba pensando. Los cuadros eran pinturas de un neófito, las expresiones uniformes, lascivas y macabras. Luego tuvo una visión: el viejo la invitaba a una enorme alberca de agua tibia y perfumada con esencias de naranja lima, la desnudaba y la bañaba pasándole un trozo de gomaespuma enjabonado que saltaba por sus pezones hirsutos. Ángela nunca les decía senos porque era una palabra blanda. Aunque también le gustaba la palabra tetas, pues le recordaba sus juegos bajo la lluvia y los adolescentes que salían a verlas  se secreteaban. Ángela sabía en qué términos se referían a ella y le gustaba el golpe de voz de los muchachos de su tierra fogosa. Cerró los ojos y se imaginó a Graciliano regordete y vestido como la virgen de la esperanza. La visión del otro cuadro la distrajo.
En éste leyó:
“El piloto: su participación en la tragedia fue primordial. Su propia debilidad lo llevó a tomar sobre sí la parte más delicada y decisiva del drama”.
Ángela le vio el rostro morado y los ojos de cervatillo. Se excitó con la idea de jalarlo de repente, desde un cuarto húmedo y despedazarle la ropa. De pronto le surgió el instinto protector ante el minúsculo y frágil pene. A Ángela le gustaba la palabra verga porque era una palabra gruesa. Entonces tuvo la idea de consolarlo durante toda la noche sin que se pudiera hacer más nada.
A continuación “La Machiche” y al lado del cuadro estaban escritas en un papel, también sucio de café, que le daba un aire de pergamino:
“La participación de La Machiche fue definitiva. De cada uno de estos baños salía La Machiche con un nuevo pretendiente y a él dedicaba sus mimos y cuidados sin dejar de atender a los demás con próvida y maternal eficacia”.
Ángela volvió a tener la visión de don Graciliano, bañándola, pero se acercó a la alberca La Machiche con sus tetas de molotov y sus nalgas de delirio. Ahora era la mujerona la que enjabonaba con la gomaespuma a la muchacha y le mordía al oído las palabras mi niña. Cuando llegaba a la encrucijada de fuego, descansaba su mano de canto contra el costurón del ano y la mecía como una goleta a la bartola en la calidez del mar de los orgasmos.
Ángela se estremeció con la contemplación y viró bruscamente hacia la ventanita por la que ahora entraba un enclenque rayo de luz. Alcanzó a ver unos vertiginosos ojos que se ocultaban. Tuvo la idea de que la habían visto desnuda, pero como en los juegos de los torrentes sintió un riendazo de calor.
Entonces caminó por el cuarto galería con sus pasos duros a contracorriente, frunciéndolos, templando los muslos para sentir el roce de los bulbos de la entrepierna. Estas vibraciones alocadas eran la causa de que Ángela, a sus diecisiete años, saliera sin calzones a deambular por las calles, con su minifalda florida. Había pensado con resignación que esto sólo lo podía experimentar en el ámbito denso y húmedo de su tierra. Creyó que iba a salir corriendo, era lo que tenía que hacer, meterse a un lugar tibio o entibiarlo o lo que fuera, pero recordó los puños cerrados contra los barrotes y los ojos casi niños. Entonces se detuvo frente a otro cuadro.
“El Fraile: Su participación en los hechos fue, en cierta forma, marginal y en otra, capital. Era el único de todos que poseía armas.”
Ángela se acercó contra la pared y en un aleteo de colibrí soltó un botón de la blusa. Giró un poco en dirección de la ventana y observó atentamente el cuadro. El fraile era un hombre de cuarenta años, con una mirada por la que se podía escalar al cielo. Ángela lo pensó y se dijo que no sobraba un pequeño desvío por los infiernos. Esta vez no entró en la alberca, se sintió confesada, arrastrada, castigada. El fraile la amordazó, la sentó en un rincón del cuarto y la flageló. Después le llenó la boca con una enorme verga de catamarán y violentó su ano con el pulgar mientras chapoteaba en sus aguas con gárgaras de asmático.
Ángela vio, no dos, sino cuatro manos contra los barrotes y cuatro en la otra ventanita del ocaso. Se iba a pique por la quilla, su naufragio era inminente. Hubo un ramalazo y Ángela tensó sus prietos muslos y se desplomó en un rincón de la galería. Las manos se desprendieron de los barrotes. Minutos después, cuando llegaron apresurados un hombre y una mujer, acompañados de cuatro muchachos de quince a diecisiete años, Ángela estaba de pie frente al cuadro La Mansión. Miró con tranquilidad a los nuevos espectadores e hizo una pregunta impersonal: “¿Dónde está la mansión de Araucaíma?” El hombre era el director de La Casa de la Cultura del pueblo y mirando a los jovenzuelos al sesgo, empezó a decirle. Nadie puede ir allí. Es una vieja casa abandonada. La puedes ver desde la colina. La joven no escuchaba al hombre. La mujer salió de la sala hablando con los muchachos con una voz baja pero de material férreo. Ángela leyó:
“Casona de hacienda dedicada al cultivo de cítricos; cría de faisanes y gansos... La muchacha llevó la desgracia a la mansión... Rompió el equilibrio.”
El siguiente cuadro no le produjo ninguna sensación. El Sirviente: lloraba y cantaba en lengua africana sobre el cadáver de La Machiche. Al fondo, la gorra del piloto colgada de la pared.
El otro cuadro, en el que todavía se veía algo, era de gente con maletas que abandonaba la mansión, se perdían como semovientes entre la espesura de la cordillera. El último era un cuadro en sombra. Dicen que hubo un tiempo en que estuvo pintado pero que fue perdiendo la vida y con el paso de los años se diluyó la pintura hasta quedar completamente limpio, con el matiz del bronce. Sin embargo, la versión que más verosimilitud ha alcanzado es que el cuadro fue robado por uno de los sobrevivientes de la mansión y puesto en el cuarto que en su momento ocupó La Machiche. Algunos hombres han entrado a la mansión a verlo, pero no han regresado. Nadie vivo, que se sepa, ha contado que lo haya visto.
Ángela abandonó la galería y se encaminó en la dirección en que el hombre prolongó el dedo. El cielo había vuelto a enratonarse y caía una lluvia minuciosa. Los cuatro chicos siguieron a Ángela y ésta, apercibida, los esperó antes de internarse en la alameda. Les pidió con una voz de libélula que la acompañaran a conocer la Mansión. Los jóvenes se miraron y accedieron y una de las condiciones era que entrara sola. Desde chica, Ángela había deseado embarcarse en una aventura de misterio y había jugado con sus amiguitas a ultratumba en las casonas abandonadas del puerto que siempre terminaban en flirteos amorosos, algunas veces con inmersiones.
Cuando descendieron a la ribera del río mayor, antes de cruzar el puente colgante de bambú, un chico ido a más la inmovilizó abrazándola por la espalda. Los otros sólo tuvieron que desgarrar la liviana blusa y arrancar de un manotazo la faldita frondosa. Con las primeras sombras y bajo un impiadoso aguacero, los jóvenes amarraron con lianas el cuerpo de Ángela de uno de los naranjos, lo balancearon y luego lo empujaron hacia el tejado de la Mansión de Araucaíma. La joven cayó sobre el caballete y empezó a rodar hacia el interior del segundo patio donde fue asesinada La Machiche con dos tiros del revólver del Fraile, disparados por el piloto.
Ángela cayó sobre un colchón de hojas de los naranjos que se habían acumulado durante los últimos diez años, se levantó y se dirigió al cuarto de Graciliano. Sabía que era el más grande y donde habían preparado el cuerpo de la muchacha antes de sepultarlo. Encontró la alberca llena de moho y de lagartijas de tres cabezas. Entonces sintió una extraña satisfacción. Recorrió los cuartos y finalmente llegó al que buscaba. Recordó las palabras escritas junto al cuadro en penumbra:
“A la mañana siguiente el guardián entró temprano al cuarto de los aparejos y encontró el cuerpo de Ángela colgando de una de las vigas. Se había ahorcado en la madrugada subiéndose a una silla que arrojó con los pies, luego de amarrarse al cuello una recia soga”.
Ángela miró la viga de la que todavía colgaban jirones trenzados de la cabuya de fique. Supo entonces por qué recordaba con precisión las formas del techo. Sólo cuando llegó a la puerta principal de la mansión tuvo la certeza de que nunca había estado cerrada con llave y salió a caminar, en medio de la manigua, guiada por el hálito del río en busca del lugar donde estaba enterrado su propio cuerpo.

Medellín, 2006-2007

Relato publicado en Odradek, el cuento Nº 10, Medellín, octubre de 2007


Fátima y José (relato)



FÁTIMA Y JOSÉ




Fátima sigue viendo las luces giratorias incluso cuando físicamente es imposible. Todas las noches sale del campamento cuando éste empieza a recibir golpecitos de luz bicolor. Entonces mira a Estela y ve su ropa blanca más intensa a intervalos. Los ojos se le iluminan: prenden y apagan igual que los insectos de colita de sol como les decía la niña.
Ahora está parada a la entrada del campamento viendo cómo desaparecen en la distancia los círculos luminosos. Ya no los percibe sobre el techo de los autos, entre el polvo que levantan. Antes, los duendes golondrineaban diminutos en todas las direcciones. “No se pueden coger”, le decía con frecuencia Estela.
—Ya no brincan los dendes —dice Fátima con una voz tenue como las luces distantes.
No se atreve a salir del campamento a perseguirlos como lo hiciera cada vez que pasaban los autos blancos de rescate. Todavía circulaban, pero Fátima ya no estaba en su callejón, bajo su techo y no emprendía veloz carrera a manotear las partículas de polvo que adquirían una apariencia lunar entre la luz de emergencia. Ahora no volvía donde Estela con las manos empuñadas en tesoro a decirle:
—Mami, te taje muchos dendes.
Estela abría sus manos y le recibía el bien que Fátima iba soltando robóticamente, estirando  sus deditos como quien destapa un puercoespín. Estela esperaba con los ojos pasados por miel y con un asombro redondo en los labios que ahora tenían grietas desérticas y se cubrían parcialmente con cadejos ensortijados que bajaban en cascada de su frente.
—Lindos estos dendes —le decía Estela y como no sabía qué hacer con ellos, se los metía a la boca y los masticaba.
—No, mami, los dendes no se comen: sácalos.
En esa ocasión Fátima le separó el cabello de los labios, le abrió la boca y trató de meter la mano. Entonces Estela hizo un gesto de quien sopla globos de jabón y los arroja al aire.
—Déjalos volar, chiquita, los duendes son libres.
Entonces Fátima manoteó el aire como si quisiera impulsar miles de duendes particuloscópicos a nalgadas.

II

Hasta parece que Fátima olvidó esos bichos de polvo y luz que llamaba los duendes porque en los últimos tiempos sólo mira pasar los carros con la palabra Rescue en las puertas, arriba y detrás, con banderas blancas y las insignias de la ONU y se queda impertérrita viendo cómo, lentamente, desaparecen: primero son luces que ciegan por la falta de costumbre y después, en la planicie o tras un pequeño montículo pedregoso del oriente, son sólo lamparazos que se reflejan en el horizonte de lobos. Incluso, cuando ya no están, Fátima los sigue viendo en una especie de duermevela. Y cuando son ocho o diez los autos que han pasado a toda velocidad haciendo sonar sus sirenas de pánico, Fátima parece no escuchar el ruido y se extasía con los repetidos y destellantes movimientos circulares de luces azules y amarillas; pero cuando esto ocurre, Estela llega para jalar cordialmente a Fátima dentro del campamento. Entonces desempuña las manos cuarteadas de la niña con una suerte de masajes que canturrean unas cancioncillas ancestrales y melancólicas. Ambas vibran en medio de la noche como cuerdas rasgueadas por una cimitarra.
Esta noche no ha habido sonidos de sirenas y Estela dice que es hora de que Fátima vaya a descansar.
—Vamos, criatura de Dios, es hora de dormir.
—Mami, yo no soy una catitura de Dos, soy una niña.
—Sí, mi amor, una niña preciosa, vamos a dormir.
—¿Tú te vas a dormirte conmigo?
—Sí, mi niña.
—¿En la cunita?
—No, mi niña, dormiremos aquí, en el campamento.
—No, mami, vamos a la casa, a la cunita.
La insistencia de la niña hace que Estela mire a la otra mujer del campamento. Edith entiende la mirada y recoge las frazadas del rincón. Se las entrega convertidas en una bola polvorienta. Azael y José se acercan e invitan a Fátima a jugar entre las otras sábanas que permanecen tiradas por el suelo. Fátima, que había empezado a sollozar mientras rogaba a su madre, se entrega a un llanto desconsolado. Estela la alza entre sus brazos y empieza a caminar en la dirección en que hace poco desaparecieron los autos de rescate. Fátima suspende el llanto pero continúa con los espasmos y descarga su rostro sobre el hombro de Estela. La chiquita coge el cabello enresortado de su madre y se tapa el rostro. Estela siente en su cuello la humedad.
Ciento cincuenta metros adelante encuentran el callejón. Todos los edificios han sido derrumbados con bulldozers y en algunos muros de piedra caliza que resistieron en pie hay unos hoyuelitos perfectos por los que los niños se vigilan cuando juegan a las escondidas.
Estela entra en las ruinas de lo que fue su vivienda. Fátima levanta la cabeza. La madre la descarga y empieza a tantear entre los escombros. Atraviesa lo que fue una sala de estar, pasa por encima de un cucharón de madera y otros utensilios despanzurrados; gira a la derecha hasta encontrar lo que fue su cuarto, la única habitación, donde dormía con su madre y con Benjamín, después de la desaparición de su padre.
Estela ve la sombra de la niña arrastrarse entre las sombras y se queda recostada contra un muro que le llega hasta el pecho. De repente se oyen las sirenas y el recinto se invade con las luces de los carros de rescate que pasan velozmente; pero ya Fátima parece haberlos olvidado. Aprovecha los golpes de luz para retirar unos pedruscos del colchón y se tiende bocabajo en él. Estela se acerca a trompicones y la cubre con la tela blanca que tenía estrujada bajo su brazo. Fátima le dice:
—Acuéstate conmigo.
Estela se deja caer al lado de Fátima y le pasa un brazo por la espalda. La niña se voltea para quedar con su rostro frente al de su madre, alza la frazada y cubre con ella a la mujer. La niña le dice entonces: “Mami, yo te quiero mucho”; pero Estela no puede responder, su voz ha quedado sepultada entre las zafras. Transcurridos unos minutos, Estela se incorpora, alza a la niña que ahora está completamente dormida y emprende el regreso al campamento, dos caminos de polvo serpean sus mejillas.

III

José tuvo una cita de trámite con Mariluz. Cuando lo recibió ella tenía en la mano el papel doblado que el profesor albanés le había entregado con la recomendación de que atendiera al pequeño. El niño sabía para qué lo habían citado y casi se sentía orgulloso de repetirle la historia que le había contado a su profesor tres días antes. Sus ojos negros tenían una densidad de coleóptero y con cierta luz vespertina se tornaban de un verdejo sucio. José se mordisqueaba el labio inferior en un gesto aprendido del instructor Daniel, un hombre enviado directamente por Dios.
—¿Por qué no has venido a la escuela los últimos días? —preguntó Mariluz.
—Había retenes y madre prefirió que nos quedáramos en el campamento.
—¿Y ella por qué no vino a la reunión?
—Ha ido a trabajar al hospital, pero yo le conté para qué la necesitaba usted.
—¿Y qué te dijo?
—No está de acuerdo con lo que pienso, pero dice que sea lo que Dios disponga.
—Dile que venga a verme lo más pronto que pueda.
—Así lo haré, doctora —dijo José sin dejar de mirarle los ojos sesgados.
En ningún momento había dejado de jugar con las manos dentro de los bolsillos del pantalón. En la derecha empuñaba una pequeña cimitarra, casi de juguete que había encontrado entre las cosas de Benjamín. Cuando José halló la carta de Benjamín dirigida a su madre Estela, descubrió que el papel pesaba más que cualquier otro de esa calidad rugosa y fue entonces cuando se dio cuenta de que servía de envoltorio a la cimitarra. Se guardó ésta y entregó la carta a su madre Edith. Ésta consintió en que José se quedara con el arma ya que Estela no tenía ahora hijos varones y el alfanje no podía quedar en manos de Fátima.
—¿Por qué te dibujaste así?
—Dios quiere que así sea.
—¿Quién te dijo eso? —preguntó Mariluz haciendo ese pequeño gesto retorcido cercano a una sonrisa, pero que en realidad era una manera de revolver palabras para encontrar las precisas.
—Benjamín —respondió José y sus ojos de kerosén bajaron lentos, oleosos.
—¿Cómo podía saberlo Benjamín, si también era casi un niño?
—A él se lo dijo el instructor Daniel.
—A ver, ¿qué fue lo que le dijo? —preguntó la joven sin dejar de mirarlo con esa expresión transparente, sosegada.
Mariluz se había acercado al niño. Le había puesto la mano en la espalda y ahora lo conducía hacia un sillón de tela florida y sucia. Los últimos seis años los había pasado en el extranjero y sólo llevaba tres meses en su ciudad al servicio de MSF.
—Que Dios premia las acciones que los niños hagamos por él y por la libertad de nuestro pueblo.
Mariluz abrió el papel que había conservado doblado en cuartos y lo observó. Trató de recordar lo que había dicho el profesor albanés, luego quiso confrontar las versiones. Volteó el papel para que el niño viera el dibujo y lo alzó ante los ojos de aceituna.
—Así que éste eres tú.
José dijo sí con la cabeza, sin parpadear. Mariluz lo observaba fijamente para tratar de descubrir una emoción, un sobresalto. Nada. Los ojos de trigal entraron en la mirada viscosa de José y cayeron definitivamente en la desgracia de las aves encalladas en los mares contaminados.
—¿Qué significa esta nubecita sobre tu cabeza?
—Es la voz de Dios que me llama a su lado.
—¿Qué es lo que escuchas?
—Que Benjamín, Martín y Abimael son libres y gracias a ellos, pronto nuestro pueblo también será libre.
—Tú debes escoger tu propio camino, hay otras opciones para ayudar, puedes estudiar y participar en la liberación desde otros frentes.
—El instructor Daniel dice que no tenemos otra opción.
—Sí la hay: Dios también llama a proteger a la familia y luchar para que sobreviva.
—El enemigo humilla y mata a nuestras familias. Benjamín lo decía. Él hizo lo que Dios le indicó.
—Si Benjamín hubiera sabido lo que su acción y la de los otros jóvenes le iba a costar a sus propias familias, quizá lo hubiera pensado mejor.
—No es un asunto para pensar, dice el instructor Daniel, hay que pagar un precio aquí, pero luego viene la gran recompensa.
—¿No has visto la tristeza de Fátima y de su madre? ¿Dónde está tu padre?
—Mi padre ha recibido su premio, como Benjamín. Mi pueblo es toda mi familia y seremos libres y felices.
—y ¿piensas que es tarea de los niños salvar a los pueblos?
—Sí, eso dice el instructor Daniel.
En ningún instante la voz de José se resquebrajó, pero en sus ojos apareció, por primera vez un rebullir lento de hidrocarburo sucio.
Mariluz entendió que era el momento, se acercó y lo abrazó.
—No pienses más en eso —le habló con la voz apretada—, tienes que cuidar a Edith y a tu hermano Azael. ¿No quieres ver crecer a tu prima Fátima?
—Madre dice que está enferma.
—Ya se aliviará y sonreirá. Tú también deberías sonreír.
Mariluz sintió que el niño se ajustó contra su cuerpo.
—Mira, José, que tal si recompones tu dibujo: este sol que dibujaste en tu pecho y que le dijiste al profesor albanés que era la luz y la libertad lo ponemos lejos de ti. Aquí, mira...
José alzó los ojos y siguió desde su turbidez y desamparo los nuevos trazos que la joven morena hacía sobre el papel.
—Así no te causará daño. Míralo como lo que es, productor de vida, pero aquí; todavía no es tiempo de que te alejes de Azael,  ¿no quieres protegerlo?
José asintió.
—¿Qué significan estas aves por todas partes?
—Son nuestros enemigos.
—Ellos también tienen familias y la mayoría de esas personas no te han hecho daño.
A lo lejos sonaron las alarmas de los carros de rescate y José volvió a agitar la mirada: sus ojos, que a esta hora de la tarde adquirían un color verde coleóptero, rebotaban contra los ruidos y parecían ruedas sueltas.
—Nosotros tampoco les hacemos daño y nos destruyen las casas y matan a nuestros padres.
Mariluz entendió que iban a recomenzar el ciclo y apagó la voz. Lo ayudó a incorporarse y sin dejar de jugar con su cabello arabí le dijo:
—Vuelve al campamento, trata de divertirte un poco con Azael y con Fátima y dile a tu madre que venga a verme. Piensa en la reconstrucción, la ONU nos ayudará. ¿Quieres que volvamos a hablar?
—Si, doctora —dijo José.
Caminó en dirección a la salida, sorteó el hueco de la puerta y desapareció, pero un instante después apareció la misma cabeza con el cabello palurdo y oscuro y la misma mirada desbordada de petróleo y la voz firme y contundente, demasiado segura para la edad y dijo:
—¿Cuando cumpla los diecisiete puedo hacerlo?


Relato publicado en Odradek, el cuento Nº 12, Edición especial  para Contar el Cuento: Lecturas y Conversaciones durante la Fiesta del Libro de Medellín, 2008