Para
Álvaro Mutis
La tarde anunciaba lluvia, el viento gateaba por el lomo de los dos grandes
ríos que se quejaban raucos mientras se revolvían a la manera de miriápodos que
han sido desarticulados. Era una sucesión de ciempiés atrapados en celdas
oscuras que reverberaban en espuma a la luz de un sol deshilachado por la
tormenta que se avecinaba.
Ángela, que había salido a hacer un reconocimiento del somnífero pueblo, vio
en el horizonte, cercado por las gibas de la cordillera central de Los Andes,
las fisuras eléctricas que hacía la tempestad en el occidente. Extrañaba las
lluvias de su tierra. Allá veía llegar los aguaceros. A veces le venían del mar
y en ocasiones habían transpuesto las montañas. En los dos casos la muchacha veía
el estrafalario oso negro pisoteando su cielo. Cuando estaba un poco más chica
iba a su cuarto y se ponía su camisa de franela blanca y sus pantaloncitos de
nailon. Llamaba a las muchachas vecinas y salían a jugar a la golosa en mitad
de la calle. Una vez bajo el temporal, los jóvenes les hacían corrillo para
repasar inútilmente con las tizas las rayas en el pavimento todavía cálido.
Hasta que aparecían los arroyos y las jovencitas se retiraban a las ventanas de
madera a ver pasar tarros de galletas, botellas de gaseosa, cajas de icopor,
papeles cagados y animales callejeros empotrados en las aguas, con la esperanza
de que el arroyo llevara un auto viejo o algún vecino despanzurrado para
volcarse nuevamente a la calle. Los muchachos permanecían un rato más en la
mitad del afluente viéndolas tras sus ventanas con ganas de que encontraran el
pretexto para salir y arrojarles manotazos de agua sobre las camisetas.
Ahora, Ángela, tenía diecisiete años, había recibido una invitación para
conocer a unos familiares de la altiplanicie; la había aceptado y después de un
fin de semana tedioso, en la víspera de su regreso, cansada del cigarreteo de
pueblo pequeño, había salido a pasear por las calles y un tronazón helado de Apocalipsis
que sonó en sus orejas y se regó como un pedregal durante más de cinco minutos,
la hizo entrar en una casa pintada de verde desolación. La Casa de la Cultura. La galería era
una sala estrecha, de baldosas rojas y negras armadas en ajedrez. Las paredes
de tapia estaban caleadas y desconchadas y las dos ventanitas pintadas de
naranja con varillas azules, partían el aire que quemaba las mejillas de
Ángela. A veces, mientras veía inquieta la exposición, se aferraban unas manos
juveniles a los barrotes, luego subía una cabeza rubia, despuntaban unos
cachetes rosados y pecosos por un minuto y cuando la fuerza de los brazos se
agotaba, se veía bajar rápidamente la cabeza, luego aparecía otro cabello y
otros ojos verdes como los de Ángela pero sin su empalago de Angora.
Ángela leyó al pie del primer cuadro sin descuidar los barrotes:
“El guardián: manco, respetado
aunque mercenario de un tiempo no olvidado”.
Se corrió dos pasos por la izquierda y leyó en el siguiente:
“Graciliano, pederasta; recibió la
mansión por maquinaciones legales”.
En un recuadro de papel a medio
pegar y manchado de café decía:
“Él ideó el sacrificio”.
Ángela pensó en los rostros de la ventana,
parecía que se hubieran alejado. Pensó que si se volvieran a asomar, podrían
ver lo que estaba pensando. Los cuadros eran pinturas de un neófito, las
expresiones uniformes, lascivas y macabras. Luego tuvo una visión: el viejo la
invitaba a una enorme alberca de agua tibia y perfumada con esencias de naranja
lima, la desnudaba y la bañaba pasándole un trozo de gomaespuma enjabonado que saltaba
por sus pezones hirsutos. Ángela nunca les decía senos porque era una palabra
blanda. Aunque también le gustaba la palabra tetas, pues le recordaba sus
juegos bajo la lluvia y los adolescentes que salían a verlas se secreteaban. Ángela sabía en qué términos
se referían a ella y le gustaba el golpe de voz de los muchachos de su tierra fogosa.
Cerró los ojos y se imaginó a Graciliano regordete y vestido como la virgen de
la esperanza. La visión del otro cuadro la distrajo.
En éste leyó:
“El piloto: su participación en la
tragedia fue primordial. Su propia debilidad lo llevó a tomar sobre sí la parte
más delicada y decisiva del drama”.
Ángela le vio el rostro morado y los ojos de cervatillo. Se excitó con la
idea de jalarlo de repente, desde un cuarto húmedo y despedazarle la ropa. De
pronto le surgió el instinto protector ante el minúsculo y frágil pene. A
Ángela le gustaba la palabra verga porque era una palabra gruesa. Entonces tuvo
la idea de consolarlo durante toda la noche sin que se pudiera hacer más nada.
A continuación “La
Machiche” y al lado del cuadro estaban escritas en un papel,
también sucio de café, que le daba un aire de pergamino:
“La participación de La Machiche fue definitiva.
De cada uno de estos baños salía La
Machiche con un nuevo pretendiente y a él dedicaba sus mimos
y cuidados sin dejar de atender a los demás con próvida y maternal eficacia”.
Ángela volvió a tener la visión de don Graciliano, bañándola, pero se
acercó a la alberca La
Machiche con sus tetas de molotov y sus nalgas de delirio.
Ahora era la mujerona la que enjabonaba con la gomaespuma a la muchacha y le
mordía al oído las palabras mi niña.
Cuando llegaba a la encrucijada de fuego, descansaba su mano de canto contra el
costurón del ano y la mecía como una goleta a la bartola en la calidez del mar
de los orgasmos.
Ángela se estremeció con la contemplación y viró bruscamente hacia la
ventanita por la que ahora entraba un enclenque rayo de luz. Alcanzó a ver unos
vertiginosos ojos que se ocultaban. Tuvo la idea de que la habían visto
desnuda, pero como en los juegos de los torrentes sintió un riendazo de calor.
Entonces caminó por el cuarto galería con sus pasos duros a
contracorriente, frunciéndolos, templando los muslos para sentir el roce de los
bulbos de la entrepierna. Estas vibraciones alocadas eran la causa de que
Ángela, a sus diecisiete años, saliera sin calzones a deambular por las calles,
con su minifalda florida. Había pensado con resignación que esto sólo lo podía
experimentar en el ámbito denso y húmedo de su tierra. Creyó que iba a salir
corriendo, era lo que tenía que hacer, meterse a un lugar tibio o entibiarlo o
lo que fuera, pero recordó los puños cerrados contra los barrotes y los ojos
casi niños. Entonces se detuvo frente a otro cuadro.
“El Fraile: Su participación en los
hechos fue, en cierta forma, marginal y en otra, capital. Era el único de todos
que poseía armas.”
Ángela se acercó contra la pared y en un aleteo de colibrí soltó un botón
de la blusa. Giró un poco en dirección de la ventana y observó atentamente el
cuadro. El fraile era un hombre de cuarenta años, con una mirada por la que se
podía escalar al cielo. Ángela lo pensó y se dijo que no sobraba un pequeño
desvío por los infiernos. Esta vez no entró en la alberca, se sintió confesada,
arrastrada, castigada. El fraile la amordazó, la sentó en un rincón del cuarto
y la flageló. Después le llenó la boca con una enorme verga de catamarán y
violentó su ano con el pulgar mientras chapoteaba en sus aguas con gárgaras de asmático.
Ángela vio, no dos, sino cuatro manos contra los barrotes y cuatro en la
otra ventanita del ocaso. Se iba a pique por la quilla, su naufragio era
inminente. Hubo un ramalazo y Ángela tensó sus prietos muslos y se desplomó en
un rincón de la galería. Las manos se desprendieron de los barrotes. Minutos
después, cuando llegaron apresurados un hombre y una mujer, acompañados de
cuatro muchachos de quince a diecisiete años, Ángela estaba de pie frente al
cuadro La
Mansión. Miró con tranquilidad a los
nuevos espectadores e hizo una pregunta impersonal: “¿Dónde está la mansión de
Araucaíma?” El hombre era el director de La Casa de la Cultura del pueblo y mirando a los jovenzuelos al
sesgo, empezó a decirle. Nadie puede ir allí. Es una vieja casa abandonada. La
puedes ver desde la colina. La joven no escuchaba al hombre. La mujer salió de
la sala hablando con los muchachos con una voz baja pero de material férreo.
Ángela leyó:
“Casona de hacienda dedicada al
cultivo de cítricos; cría de faisanes y gansos... La muchacha llevó la
desgracia a la mansión... Rompió el equilibrio.”
El siguiente cuadro no le produjo ninguna sensación. El Sirviente: lloraba
y cantaba en lengua africana sobre el cadáver de La Machiche. Al fondo, la gorra
del piloto colgada de la pared.
El otro cuadro, en el que todavía se veía algo, era de gente con maletas
que abandonaba la mansión, se perdían como semovientes entre la espesura de la
cordillera. El último era un cuadro en sombra. Dicen que hubo un tiempo en que
estuvo pintado pero que fue perdiendo la vida y con el paso de los años se
diluyó la pintura hasta quedar completamente limpio, con el matiz del bronce.
Sin embargo, la versión que más verosimilitud ha alcanzado es que el cuadro fue
robado por uno de los sobrevivientes de la mansión y puesto en el cuarto que en
su momento ocupó La Machiche. Algunos
hombres han entrado a la mansión a verlo, pero no han regresado. Nadie vivo,
que se sepa, ha contado que lo haya visto.
Ángela abandonó la galería y se encaminó en la dirección en que el hombre prolongó
el dedo. El cielo había vuelto a enratonarse y caía una lluvia minuciosa. Los
cuatro chicos siguieron a Ángela y ésta, apercibida, los esperó antes de
internarse en la alameda. Les pidió con una voz de libélula que la acompañaran
a conocer la Mansión. Los
jóvenes se miraron y accedieron y una de las condiciones era que entrara sola.
Desde chica, Ángela había deseado embarcarse en una aventura de misterio y
había jugado con sus amiguitas a ultratumba en las casonas abandonadas del
puerto que siempre terminaban en flirteos amorosos, algunas veces con
inmersiones.
Cuando descendieron a la ribera del río mayor, antes de cruzar el puente
colgante de bambú, un chico ido a más la inmovilizó abrazándola por la espalda.
Los otros sólo tuvieron que desgarrar la liviana blusa y arrancar de un
manotazo la faldita frondosa. Con las primeras sombras y bajo un impiadoso
aguacero, los jóvenes amarraron con lianas el cuerpo de Ángela de uno de los
naranjos, lo balancearon y luego lo empujaron hacia el tejado de la Mansión de Araucaíma. La
joven cayó sobre el caballete y empezó a rodar hacia el interior del segundo
patio donde fue asesinada La
Machiche con dos tiros del revólver del Fraile, disparados
por el piloto.
Ángela cayó sobre un colchón de hojas de los naranjos que se habían
acumulado durante los últimos diez años, se levantó y se dirigió al cuarto de
Graciliano. Sabía que era el más grande y donde habían preparado el cuerpo de
la muchacha antes de sepultarlo. Encontró la alberca llena de moho y de
lagartijas de tres cabezas. Entonces sintió una extraña satisfacción. Recorrió
los cuartos y finalmente llegó al que buscaba. Recordó las palabras escritas junto
al cuadro en penumbra:
“A la mañana siguiente el guardián
entró temprano al cuarto de los aparejos y encontró el cuerpo de Ángela
colgando de una de las vigas. Se había ahorcado en la madrugada subiéndose a
una silla que arrojó con los pies, luego de amarrarse al cuello una recia
soga”.
Ángela miró la viga de la que todavía colgaban jirones trenzados de la
cabuya de fique. Supo entonces por qué recordaba con precisión las formas del
techo. Sólo cuando llegó a la puerta principal de la mansión tuvo la certeza de
que nunca había estado cerrada con llave y salió a caminar, en medio de la manigua,
guiada por el hálito del río en busca del lugar donde estaba enterrado su
propio cuerpo.
Medellín,
2006-2007
Relato publicado en Odradek, el cuento Nº 10, Medellín, octubre de 2007
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